Hay un país a 130 kilómetros de la costa China y con decenas de vuelos diarios desde el continente que estaba destinado a ser arrasado por el coronavirus. Pero, a día de hoy, apenas suma 135 infectados y solo dos muertos en medio de la pandemia. ¿Por qué? Pues porque antes de que en España termináramos de comernos las uvas en Noche Vieja —ajenos a lo que se nos venía encima— su gobierno ya estaba poniendo controles sanitarios a todos los vuelos provenientes de Wuhan.

Bienvenidos a Taiwán. Una isla física —y metafórica— en el ‘Planeta Covid-19’.

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«El mismo 31 de diciembre, cuando la OMS fue notificada de una neumonía desconocida en China, funcionarios taiwaneses comenzaron a abordar los aviones de Wuhan para detectar síntomas de fiebre o neumonía en los pasajeros antes de dejarlos desembarcar», relata el doctor Jason Wang, investigador del Centro de Salud de la Universidad de Stanford, a El Confidencial.

Con 23 millones de habitantes, Taiwán no esperó los datos genéticos del virus de China o a las indicaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) —de la que no es miembro debido al bloqueo político de Pekín—. Ni siquiera aguardó a saber si la enfermedad era transmisible de humano a humano. En el momento en el que llegó la información del «sospechoso nuevo virus» detectado en su gigantesco vecino, Taipei puso en marcha toda su institucionalidad democrática para hacer frente al brote. Un acto reflejo de las duras lecciones aprendidas durante la crisis del SARS (síndrome respiratorio agudo) que dejó más de 70 muertos en la nación asiática en 2003-2004.

Ahora que el relato global sobre cómo enfrentar la epidemia sopla a favor de la vía China, con sus draconianas soluciones de cuarentenas masivas y control ciudadano, muchos se plantean si una dictadura está mejor preparada para enfrentar situaciones catastróficas. Antes de responder esa pregunta debemos mirar primero a los países que utilizaron las mejores armas de la democracia para enfrentar la crisis. Corea del Sur, Singapur o Japón son buenos ejemplos. Pero ninguno sintetiza mejor este repertorio que Taiwán, un próspero territorio que lleva décadas resistiendo a las presiones soberanistas de Pekín.

124 acciones en 5 semanas

En el arranque de la epidemia, las perspectivas para Taiwan eran apocalípticas. Casi un millón de taiwaneses residen y trabajan en la China continental, a la que está conectada por decenas de vuelos diarios y varias líneas de ferri. Tan solo el año pasado, unos 2,7 millones de chinos visitaron la isla de Formosa. Su cercanía física y su conexión económica y social hacían inevitable el contagio. Las primeras previsiones apuntaban a que el país podría ser el segundo más afectado del mundo fuera de China.

Pero la nación asiática, con una superficie similar a la de Cataluña, estaba preparada. No hubo gestos épicos, sino eficiencia burocrática. Lo primero, activar en enero el Centro de Mando Sanitario, un ente multidisciplinar dirigido por la presidencia del Gobierno y el Ministerio de Sanidad en el que participan las autoridades de economía, transporte, trabajo, educación y medioambiente para gestionar las situaciones de desastre.

Si estás pensando en la típica comisión política difusa, olvídate. Esto es un comando 24/7 donde concentran expertos, políticos y periodistas. Tiene una sede física, con una sala de monitoreo, otra de datos, otra de medios. Hay hasta espacio para descansar y dormir. Este núcleo de mando evitó la opacidad y los compartimientos estancos. Su activación fue instrumental para facilitar la recolección de datos, el seguimiento de casos de contagio y la comunicación directa entre las autoridades centrales, regionales y locales para compartir la información y coordinar la toma de decisiones.

La primera, controlar las fronteras. Para el 9 de enero, funcionarios sanitarios ya había inspeccionado 14 vuelos con 1.317 pasajeros y tripulaciones procedentes de Wuhan. Un mes después, se ampliaban las restricciones para entrar al país a aquellos viajeros que hubieran pasado por China y obligaba a entrar en una cuarentena de 14 días a los que provenían de Macao y Hong Kong. El 6 de febrero suspendía el acceso de cualquier ciudadano chino.

«Taiwán elaboró e implementó rápidamente una tabla con 124 acciones para proteger la salud pública en cinco semanas. Esto es tres o cuatro nuevas medidas programadas para cada día«, explica Wang, quien junto con sus colegas ha publicado un reciente artículo en el ‘Journal of the American Medical Association’ al respecto. «Pero las políticas iban mucho más allá de controles fronterizos, porque las autoridades entendieron que esto no era suficiente», agrega.

Transparencia y jabón

Para que el plan funcionase, se necesitaba la cooperación de los ciudadanos. Y por esto, la transparencia ha sido vital. El Gobierno publica informes diarios que detallan no solo con la cifra de infectados, sino cómo pudieron contagiarse y si estos a su vez podrían haber pasado el virus a otras personas. Las agencias oficiales emiten alertas móviles varias veces al día informando de los últimos casos y los lugares de riesgo para extremar las precauciones.

La serena eficiencia del gobierno se trasladó a una ciudadanía comprometida desde el primer momento. El gel desinfectante, las mascarillas y los controles de temperaturas se han vuelto obligatorios en muchos edificios públicos al tiempo que lugares de congregación como escuelas o centros comerciales son desinfectados varias veces todos los días. Se establecieron líneas de información nacional y regional para reportar síntomas, se realizaron tests proactivos y se procedió arevisar los expedientes para identificar a potenciales pacientes de riesgo con afecciones respiratorias.

También se han tomado medidas drásticas de control de datos con la llamada «verja electrónica», cruzando registros de migración, seguridad sanitaria y geolocalización para asegurar el autoaislamiento de todas los casos de riesgo —un sistema que incluye un autoregistro digital con una declaración jurada— pese a las quejas de los defensores de la privacidad. La policía puede llamar hasta dos veces al día a tu casa para asegurarse de que cumples la cuarentena.

Gracias a este celo pasaron más de 45 días entre que se establecieron las medidas y se produjo la primera muerte: un taxista de 61 años con diabetes y hepatitis B. En ese momento el país tenía 20 casos confirmados mientras que en China continental las cifras se disparaban a los 70.000 contagiados y 1.765 fallecidos.

Más mascarillas, menos pánico

Esto dio tiempo a Taiwán para movilizar a su músculo tecnológico para reforzar la contención del virus, combinando los esfuerzos de la administración y el sector privado. El Gobierno lanzó una plataforma digital para mapear y distribuir recursos, donde se han volcado más de un centenar de aplicaciones de organizaciones civiles y privadas para procesar la información sobre la crisis en tiempo real —como por ejemplo el número de mascarillas disponibles en cada farmacia taiwanesa—.

De hecho, el Gobierno ya había anticipado también esa situación. En febrero, antes de que los casos mundiales se dispararan, las autoridades comenzaron a racionar la venta de mascarillas para evitar episodios de desabastecimiento por pánico y a un precio fijo para evitar la especulación. Además reconvirtieron empresas para aumentar la producción y hacer frente al incremento de la demanda. Llegado el pico de la crisis, la mayoría de la población no sólo tiene acceso a las mascarillas, sino que las utiliza de forma constante en espacios públicos para evitar que cualquier infectado asintomático puedan dispersar inadvertidamente el virus.

Taipei también se está adelantando al previsible impacto económico de la crisis. El Parlamento ya aprobó el mes pasado un paquete de estímulo de unos 1.700 millones de euros para las compañías más afectadas, como las del sector turístico o el manufacturero, impactado por el cierre de plantas en territorio chino. Como resultado, la popularidad de la presidenta taiwanesa, Tsai Ing, se disparó a 68,5% en febrero desde 56,7% en enero, según un sondeo de la Fundación de Opinión Pública de Taiwán.

Un ejército institucional

Taiwán es un caso ejemplar, pero no único, para argumentar a favor del potencial de las democracias para lidiar efectivamente con una pandemia que ha infectado a 260.000 personas y matado a casi 11.300. Como Corea del Sur, que también había aprendido la lección en otra brutal epidemia: el MERS, un virus que ataca al sistema respiratorio de forma mucho más agresiva que el Covid-19. El brote de 2015 dejó 38 muertos —el país más afectado fuera del epicentro en Oriente Medio— y una brutal factura económica y política.

«¿Qué hicimos mal?», se preguntaron entonces en Seúl. Una de las conclusiones fue la falta de tests. Esto hizo que gente infectada peregrinara de una clínica a otra buscando dónde hacerse las pruebas. El resultado fue que casi la mitad de los afectados se contagió en un hospital.

Así que el 27 de febrero, —con solo cuatro fallecidos— las autoridades sanitarias convocaron a los representantes de más de 20 compañías médicas en medio de sus vacaciones por el Nuevo Año Lunar a una reunión de emergencia en la abarrotada estación de trenes de Seúl. Tras la crisis del MERS se dotó al Gobierno de poderes para permitir de forma casi instantánea test médicos durante una emergencia. Y eso hicieron. «Actuamos como un ejército», dijo Lee Sang-won, un experto en infecciones en el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Corea del Sur, a la agencia Reuters.

Cincuenta días después de ese encuentro, las empresas coreanas lideraban la fabricación de kits de detección y ya habían hecho pruebas a casi 300.000 personas entre sus 51 millones de habitantes —incluyendo estaciones móviles para los conductores—. La estrategia pasaba por detectar casos y focos tempranos para agilizar la asistencia crítica y facilitar el aislamiento temprano de los casos detectados. Esto ha permitido mantener la tasa de mortalidad por debajo del promedio global.

Gran parte de las víctimas mortales que suma el país son del brote surgido en una oscura secta de Daegu, que tiene varias iglesias en Wuhan. Allí se concentraron los esfuerzos iniciales para ir ampliando el alcance a los sitios con más riesgo de contagio, incluyendo Seúl y otras grandes ciudades. Ha funcionado. Las autoridades han confirmado 8.600 contagios y 94 fallecidos. Pero la tasa de expansión diaria ha ido ralentizándose desde el pico de 1.000 nuevos casos hace dos semanas a apenas 100 el pasado miércoles.

Un paso por delante del virus

Otros gobiernos que han tenido distintos grados de éxito para frenar la expansión han sido los de Hong Kong, Japón o Singapur, que hasta la fecha es uno de los pocos países sin víctimas mortales que lamentar, pese a sus casi 400 infectados. La megaciudad Estado de 5,7 millones de habitantes, por sus características, ha optado por una intervención quirúrgica y rápida de los casos sospechosos en comunicación permanente con su población.

Allí, los equipos médicos tardan dos horas en descubrir los primeros detalles sobre cómo un paciente contrajo el coronavirus y a qué otras personas podría haber infectado. Una vez confirmado, los detalles de dónde viven, trabajan y pasaban su tiempo libre los pacientes son publicados online para permitir a la ciudadanía conocer los riesgos si hubieran coincidido. Los casos sospechosos y sus contactos cercanos entraban en cuarentena para evitar la expansión.

«Queremos estar uno o dos pasos por delante del virus», dijo Vernon Lee, director de la división de enfermedades transmisibles del Ministerio de Salud de Singapur, a medios locales. «Si persigues al virus, siempre estarás por detrás de la curva».

Un secreto aburrido

¿Tienen algún secreto estas democracias que las hace particularmente eficientes? En este caso, varios. Aunque todos sonarían muy aburridos en épocas menos agitadas: institucionalidad, colaboración público privada, conciencia ciudadana, transparencia. Pero entre todos conforman un patrón común. Un relato colectivo diametralmente opuesto al que hemos visto en la hermética vía china, del que podemos extraer valiosos ejemplos para el futuro.

«Una comunicación sobre el riesgo oportuna, precisa y transparente es esencial en emergencias porque determinará si el público confía en las autoridades más que en rumores y desinformaciones. Las autoridades sanitarias de Singapur dan información diaria, el Ministerio de Salud tiene canales en Telegram y WhatsApp con doctores del sector público y privado para compartir detalles clínicos y logísticos, y las autoridades utilizan varios sitios web para desmentir los rumores que circulan», concluyó la revista científica ‘The Lancet’ en una artículo donde analizó el modelo de respuesta a la emergencia de Singapur, Hong Kong y Japón.

Y aunque muchos analistas señalan la incontestable diferencia cultural y filosófica entre las sociedades occidentales y asiáticas -y las ventajas del espíritu colectivo sobre el individualismo en tiempos de catástrofe-; los políticos de allí, como los de aquí, no son inmunes a los de escándalos de corrupción, las decisiones peregrinas y los errores de bulto. Esta crisis no ha sido la excepción. Así que el verdadero elemento diferencial -y la gran lección que nos dejan estos países- es que la experiencia lo cura todo.

«Los países asiáticos ya habían pasado por varias epidemias como el SARS, así que estaban más pendientes y alertas cuando apareció el nuevo coronavirus», apunta el doctor Wang. «Estoy seguro de que hoy los países de todo el mundo han aprendido la lección con el Covid-19″.

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