Duda no hay de que el coronavirus salió de Wuhan, pero no del mercado de los murciélagos, sino del Instituto de Virología de Wuhan

Casi cada rincón del mundo está combatiendo hoy una pandemia maliciosa, “Made in China”. Un estudio de la Universidad de Southampton (RU) concluyó que el 95 % de las muertes eran evitables. Las normas de las Regulaciones de Salud Internacional (RSI), un instrumento legal vinculante, reglamentó protocolos de seguir. China comunista, uno de los 194 Estados plegados a las RSI, no solo incumplió olímpicamente sus obligaciones, sino que violó un buen número de artículos de la Responsabilidad del Estado por Hechos Internacionales Ilícitos adoptados por la Comisión de Derecho Internacional (ONU). Toda la información disponible avala que Pekín se comportó con negligencia crasa y deliberadamente falsificó datos, destruyó evidencia y aniquiló a testigos para intentar ocultar la realidad.

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El Estado dictatorial chino contó con la complicidad proactiva de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para ejecutar esta fechoría. La decisión de la OMS de emitir información falsa, sin verificación de primera mano, es criminal. Ejemplos como el pronunciamiento del 12 de enero (2020) en contra de emitir restricciones de viaje o comerciales a China comunista o la del 14 de enero que negaba que el virus era contagioso entre humanos, muestra el nivel de activismo que la OMS protagonizó para blanquear al régimen marxista. Tan descarado fue el papel cómplice de la OMS, que ignoró totalmente las afirmaciones acertadas de la República de China (China nacionalista/Taiwán) sobre el mal de Wuhan.

Mucho se ha hablado del libro La guerra irrestricta (1999), escrito por dos coroneles del Ejército Popular de Liberación, Qiao Liang y Wang Xiangsui, donde queda delineada la preferencia por este modo de guerrear y del apoyo tácito al uso de armas biológicas.

El camino a esta peste del siglo XXI ha sido largo. El régimen dictatorial que fundamentó Mao Zedong y el comunismo internacional en 1949, ya para el año 1971, reposaba sobre suficiente evidencia para concluir acerca de la improbabilidad de la capacitación del comunismo chino para perdurar y, no solo evitar futuras hambrunas, como fue el caso del Gran Salto Adelante (1958-1962) donde en cuatro años perecieron entre 40 a 65 millones de personas, sino de potenciarse en el siglo XX. Eso lo entendió Deng Xiaoping, el arquitecto del “modelo chino”, un prototipo de Estado leninista con una economía mercantilista dirigida. La política estadounidense de distensión, buscando modernizar una dictadura marxista-leninista y esperando dividendos de democratización, resultó un fracaso monstruoso.

Los más de 838 000 proyectos foráneos, valorados en 1,5 trillones de dólares de inversión extranjera entre 1979-2015 no ha logrado la quimérica democratización esperada en China. Ni siquiera ha producido un socio comercial confiable. La potencia económica que surgió hoy controla sectores económicos vitales casi monopolísticamente. El entorno de la salubridad es un caso en punto. Una audiencia del Comité de Finanzas del Senado norteamericano nos revela que el 80-90 % de los antibióticos, 95 % de ibuprofeno, 70 % de acetaminofeno, 80 % de los ingredientes farmacéuticos activos en medicina para la presión arterial, cáncer, Alzheimer y otras condiciones médicas que consume los EE. UU., provienen de China comunista. Cuando añadimos que los suministros y la maquinaria de equipos médicos también son producidos en el país asiático, la dependencia evidente es escalofriante.

Lo más preocupante de esta hechura que confeccionó la coexistencia y los enlaces comerciales entre una dictadura comunista y el mundo democrático, ha sido la decisión del comunismo chino de evitar los errores cometidos por los soviéticos al querer competir militarmente con EE. UU. y de confrontarlos frontalmente. La variante marxista-leninista china optó por lo que Mao llamó el “maratón de cien años”. La idea de dominar el mundo para el año 2049 sin que se dieran cuenta. Para esa meta se abrazó metodologías de guerra no-convencional, lo que se conoce hoy por una guerra asimétrica.

Mucho se ha hablado del libro La guerra irrestricta (1999), escrito por dos coroneles del Ejército Popular de Liberación, Qiao Liang y Wang Xiangsui, donde queda delineada la preferencia por este modo de guerrear y del apoyo tácito al uso de armas biológicas. Esta obra no ha sido exclusiva. Abunda literatura del oficialismo militar/científico del comunismo chino que aboga por la utilización de armamentos biológicos, no solo desde un prisma práctico, sino desde una moralidad que justifica estas armas de destrucción masiva. Entre ellas están: Guerra por el dominio biológico (Guo, 2010); Un análisis del impacto de la tecnología biológica moderna en las formas de guerra del futuro (Li, 2016); Nueva elevación de guerra (Zhang, 2017) y La ciencia de estrategia militar (Xiao, ed., 2017).

La Guerra del Golfo y los armamentos estadounidenses empleados en ella parece haber convencido a los comunistas chinos de la imposibilidad de alcanzar una superioridad militar sobre EE. UU. No querían cometer el error de la URSS. Armas biológicas son capaces de producir daños extensísimos a cualquier potencia y lo puede lograr a un costo ínfimo en comparación con armamentos nucleares o de avance tecnológico. Cuando tomamos en cuenta que los virus de ingeniería genética componen la nueva ola de armas biológicas, queda más clara la vasta inversión de Pekín en esta rama bélica.

Los chinos comunistas no inventaron la guerra biológica. Desde que se inscribe la historia, la idea de infligirle golpes al enemigo usando agentes biológicos de todo tipo imaginable, se ha manifestado. Los soviéticos tuvieron Biopreparat, una agencia masiva para la fabricación de armas biológicas. El Bacillus anthracis, los virus de la viruela y las fiebres hemorrágicas, incluyendo la de Marburgo, formaban parte del arsenal producido. Para el comunismo soviético estas se elaboraron como un arma de última instancia. En el caso chino, la inteligencia militar estadounidense apunta a un desarrollo precoz de la industria bélica biológica desde la década de 1950. Sin embargo, fue a partir de 1991 que la utilización de agentes bacteriológicos y virales como armas de guerra, se convirtió en una priorización de desarrollo.

China comunista goza hoy de recursos económicos amplios, gracias a los errores del mundo libre. Es hora de corregir esa ecuación. La reindustrialización de EE. UU. es imperativo. Hasta el momento no existe prueba si esta pandemia fue intencional o producto de un accidente (un Chernóbil chino). Duda no hay de que el coronavirus salió de Wuhan, pero no del mercado de los murciélagos, sino del Instituto de Virología de Wuhan.

Fuente: Panam Post.

Mira también: Cómo el Coronavirus reveló la verdadera naturaleza del Partido Comunista Chino

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