Por Emmanuel Rincón – Panam Post.

El año 2020 ha sido indudablemente el peor para la humanidad en lo que va de siglo, cientos de miles de personas muriendo por una pandemia, economías arrasadas, hambre, sufrimiento, incertidumbre. En prácticamente todos los países del mundo ha reinado la angustia, en todos menos uno al que la situación le ha venido bastante bien: China.

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A ciencia cierta, y basándonos en los hechos verificables, es temprano para determinar si el coronavirus que hoy invade al mundo fue una creación de China o si fue un accidente que se salió de control, lo que sí está demostrado es que el Partido Comunista sabía de esta amenaza antes que se esparciera por el planeta y no hizo absolutamente nada para detenerlo, sino todo lo contrario: presionaron para que la OMS no declarara una pandemia a principios de año y permitieron la salida de sus ciudadanos del país al resto del mundo, mientras cerraban sus propias ciudades. De cualquier forma, su culpabilidad es innegable, gracias a ellos hoy millones de personas pasan hambre, miles lloran sus pérdidas familiares y las economías del planeta sufren tempestades, y es allí, en este último apartado donde China está sacando provecho.

Mientras el mundo se encuentra en una profunda recesión económica, China ha sido el único país en presentar números positivos en el segundo trimestre del año, su PIB creció un 3,2 % interanual en este período, contradiciendo los pronósticos de especialistas económicos que esperaban un desempeño negativo, tal como ocurre en casi todo el mundo, por lo que en términos nominales, la riqueza total de China en el primer semestre del año se situó en 6,53 billones de dólares.

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Bajo este contexto, la influencia de China también se ha multiplicado, el país asiático ha prestado más dinero a los países en desarrollo —una gran mayoría ubicados en África— que el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y todos los demás gobiernos del mundo.

Solo en el año 2018 China le ofreció 60 000 millones de dólares en financiamiento a África y la condonación de la deuda a los países más pobres en forma de préstamos sin intereses, todo esto a cambio, claro está, de convertirse en sus marionetas, seguir las ordenes de Pekín y, por supuesto, votar siempre a su favor en todo organismo multilateral; así han logrado, por ejemplo, instalar en la OMS como director general al etíope Tedros Adhanom con el voto de la Unión Africana, quien a su vez les pagó ocultando la gravedad del coronavirus para que así pudiera China cumplir sus objetivos geopolíticos.

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Lo más peligroso de toda esta situación es la llamada “deuda escondida”. Expertos afirman que un 60% de los préstamos chinos se conceden con menos garantías, pero tienen tasas de interés más altas y plazos de vencimiento más cortos, de esta forma los países que no puedan cumplir con los compromisos adquiridos se ven en la obligación de entregar sus puertos, minas, infraestructura, concesiones y otros activos a China, lo que a su vez incrementa todavía más su influencia sobre ellos y el resto del mundo.

Estudios han estimado que la deuda del mundo con China ya se encuentra por encima de los 5 billones de dólares, una cifra que equivale al 6 % del PIB de todo el mundo. Países como Yibuti, por ejemplo, tienen una deuda por encima del 100% de su PIB; mientras que otro grueso de naciones en desarrollo en África —pero también en Asia y América Latina— tienen deudas con el gigante asiático que van desde el 10 al 40 % de su PIB, siendo Venezuela, por ejemplo, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo, y que tiene una de las más grandes reservas de gas, oro y otros minerales, uno de los más comprometidos con China.

Hoy en día en la capital de Kenia, Nairobi, ya pueden verse carteles escritos en chino donde se anuncia la construcción de diversos proyectos inmobiliarios e infraestructura. De hecho, la línea ferroviaria Kampala-Nairobi-Mombasa la están realizando constructores chinos. Ya poco se mueve en esta parte del mundo sin que pase primero por la aprobación del Partido Comunista de China.

El soft power diplomático le permite romper tratados internacionales y derechos humanos

Con medio mundo a sus pies, China escapa de las acusaciones en tribunales y rompe tratados internacionales sin problemas ni temores, aun no son “oficialmente” los dueños del mundo, pero ya actúan como si lo fueran. De hecho, han aprovechado la crisis del coronavirus y todo lo que ha producido para terminar de poner sus tenazas en Hong Kong y romper el histórico acuerdo firmado con el Reino Unido. La ley de seguridad aprobada el pasado mes quiebra la autonomía que tenía esta zona especial de China sin que haya encontrado obstáculos, y por si esto fuera poco, tras Hong Kong, ahora han anunciado que también irán por Macao, la otra región semiautónoma del país que llegó a pertenecer a Portugal.

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Además de esto, en los últimos meses China también ha recibido denuncias en la Corte Penal Internacional por la deportación forzada de las victimas uigures desde Tayikistán y Camboya hacia Sinkiang, al noroeste de China, donde han sufrido asesinatos, encarcelamientos forzados, torturas y matrimonios forzados, entre otros crímenes de lesa humanidad, una situación que ha sido condenada fuertemente por los Estados Unidos pero que no ha encontrado mayor repercusión en los organismos multilaterales internacionales que evidentemente son hoy dominados por China, tal como se ha demostrado con su escandalosa injerencia en la OMS. Ahora China incluso se acaba de postular para un puesto al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, a pesar de su extenso historial de abusos y violaciones.

La construcción de islas artificiales “para extender su territorio”

No siendo suficiente con expandir su influencia en África y América Latina, China también ha buscado la forma de apoderarse de las rutas navegables a su alrededor, en el Mar de China Meridional, Pekín ha estado construyendo islas artificiales con el propósito de establecer una ampliación de su “territorio” que le conceda un mayor control marítimo. Junto a ello ha estado llevando barcos a navegar por la zona para afianzar sus reclamaciones territoriales, pese a las protestas de Vietnam y Filipinas.

Los países implicados en el conflicto cuentan con el apoyo exclusivo de Estados Unidos, un país sumergido en una aguda crisis política que cada vez encuentra dentro de sus propias fronteras a más norteamericanos identificados con el comunismo totalitario de China en vez del capitalismo liberal estadounidense, abanderados por un ala radical del partido demócrata e influyentes medios de comunicación.

Por la zona —que hoy China se quiere anexionar de forma autoritaria instalando islas artificiales— circula el 30 % del comercio global y alberga el 12 % de los caladeros mundiales, además de yacimientos de petróleo y gas.

Cada vez que algún país u organismo hace un tibio pronunciamiento contra el expansionismo descarado de China, estos responden que son “interferencias en sus asuntos internos” y así se sacuden a quien intente meterse en su camino, a excepción de Estados Unidos que es el único que ha realizado enérgicas condenas y ha impuesto sanciones a los miembros del Partido Comunista de China; pero este enorme freno que representa el gobierno norteamericano podría ser sustituido en un par de meses, pues en noviembre hay elecciones presidenciales y los demócratas abanderados por Joe Biden han sacado provecho del desastre económico provocado por el coronavirus y los incidentes de tensión racial para culpabilizar a Donald Trump y superarlo —al menos en las encuestas—.

Estados Unidos se baja del ring sin dar la pelea

Para que triunfe el mal no es suficiente con la labor de los malos, también hace falta la claudicación de los buenos, y en este caso, Estados Unidos parece decidido a renunciar a la batalla por la supremacía mundial y dar paso a la sumisión ante China.

No es solo que la economía de China crece mientras que la de Estados Unidos sufre la crisis de la pandemia generada por los primeros, sino que además, mientras que el Partido Comunista de China avanza en sus intereses internacionales, internamente la nación más potente de Occidente se derrumba impregnada de manipulaciones ideológicas y una generación mediocre a la que han convencido o se ha convencido que los malos de la película son ellos, y que ahora deben entregar las armas y resignarse a ser unos segundones mantenidos bajo un formato de Estado de bienestar.

En la actualidad, cuando se está a solo meses de desarrollarse quizás una de las elecciones presidenciales más importantes en la historia de Estados Unidos, el pronóstico no es para nada positivo.

Por un lado está Donald Trump, rodeado de miles de enemigos internos, además de los externos, y toda una generación convencida de que hay que acabar con los Estados Unidos tal como se conoce, condenar su historia, sus héroes patrios y su sistema económico; por eso han ido destruyendo estatuas, satanizando a George Washington y Abraham Lincoln, y generando una narrativa en la que se da a entender que es una vergüenza ser norteamericano por lo que el país debe cambiar.

En la otra esquina está Joe Biden, antiguo vicepresidente de Obama, anteriormente un sujeto moderado, que hoy ha decidido representar los intereses más izquierdistas y socialistas del Partido Demócrata en toda su historia, alegando que hay que aumentar la tasa impositiva a las empresas y ricos, y desmontar el sistema de capitalismo por acciones. Además, la segunda fuerza con más poder dentro del partido ha pedido salud y educación gratuita para todos, algo que trastocaría por completo las finanzas de Estados Unidos y los obligaría a entrar a una economía completamente socialista que destruiría su poder adquisitivo y el mantenimiento de su ejército.

Los partidos Demócrata y Republicano hoy representan dos modelos completamente antagónicos, en el pasado las diferencias entre ambos partidos eran más de formas y pautas específicas, solían coincidir en un modelo de nación, discutían por discrepancias impositivas, manejo de las relaciones internacionales y la forma de combatir los problemas sociales, pero hoy en día son dos planos completamente separados, los republicanos representan el modelo tradicional que ha hecho a Estados Unidos la potencia mundial que es hoy en día, y los demócratas buscan experimentar con lo que ellos llaman el “socialismo democrático”, ese mismo que ya ha fallado en numerosos países en el pasado.

Si en noviembre llega a perder Donald Trump la presidencia, China tendrá el camino asfaltado para lograr sus cometidos y convertirse en la primera potencia del mundo. Ya los demócratas lo han dicho, lo ha prometido Biden y Sanders sigue metiendo la cucharada, van por las policías, van por el pentágono y los sistemas de defensa de los Estados Unidos. En sus propias palabras: «Hay que quitar el financiamiento» a los cuerpos de seguridad para invertirlo en “ayudas sociales”. Ya en Detroit hicieron este experimento en el pasado y le salió mal, la ciudad pasó de ser la 4ta economía de Estados Unidos a irse a la quiebra y convertirse en una de las más pobres del país, perdiendo un millón cuatrocientos mil habitantes en las últimas décadas, debido a que el gobierno local aumentó los impuestos y el gasto público para “combatir” las desigualdades, y lo que consiguió fue espantar a las empresas, la inversión privada, acabar con el empleo, endeudar el ayuntamiento local y convertir a Detroit en uno de los lugares más peligrosos de los Estados Unidos.

Hoy en día los Demócratas quieren realizar el experimento de Detroit en el resto del país y una gran cantidad de norteamericanos parecen entusiasmados con ponerlo en práctica, con ello pierde Estados Unidos, pierden los estadounidenses conscientes de su propia debacle, pierde América, pierde Occidente, y gana Xi Jinping, quien junto a las autoridades del Partido Comunista de China sonríe mientras amplían su dominio sobre el mundo.

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