En enero de 2015 estaba de viaje de negocios y busqué alojamiento en un pequeño hotel situado en el campus universitario.

Soy una persona a la que, por lo general, no se le escapa detalle de lo que ocurre a su alrededor, pero, ese día, había nevado mucho y el viento azotaba fuertemente así que no oí sus pasos detrás de mí. Habría sido incapaz de oírlos aunque hubiesen sido estrepitosos. Todo ocurrió muy rápido. Tenía la puerta de mi habitación abierta y me di la vuelta para cerrarla. Y allí estaba él plantado. Era un hombre corpulento. Mi primer sentimiento no fue el de terror sino el de confusión. Enseguida me golpeó fuertemente el rostro. No recuerdo que me arrastrara por el suelo del dormitorio, pero me encontraron en el hueco de la escalera. Imagino que llegué por mi propio pie al intentar pedir ayuda.

Como Dios es bueno las analíticas de enfermedades de transmisión sexual que me hicieron tras la violación dieron negativas. No había contraído SIDA, ni gonorrea, sífilis, clamidia o un herpes ni una docena de otras infecciones de las que jamás había oído hablar.

Al mes siguiente me enrolé en un transatlántico porque tenía trabajo en él. Al segundo día cogí disentería y, como no mejoraba con los antibióticos, decidieron que a nuestra llegada a una de las escalas que era Cartagena (Colombia) me llevarían a un hospital para que me atendieran mejor. Tras pasar la revisión, los médicos estaban preocupados por mi obstrucción intestinal y decidieron hacerme una prueba de ultrasonidos: En ella se podía ver claramente en mi matriz una incipiente bolsita con un embrión en su interior. ¡Feliz día de san Valentín!

A mi regreso al barco relaté parcamente los acontecimientos sucedidos en la habitación del hotel y, para mi sorpresa, lo que conseguí fue que me sometieran a una estrecha y desconfiada vigilancia. ¿Tendencia suicida? ¿Enajenación que me llevase a pasearme desnuda por las distintas estancias del barco? ¡Quién sabe! Lo cierto fue que me pasé las siguientes semanas oyendo a un grupo de «bienintencionados» médicos y enfermeras que me aconsejaban matar a mi hijo, pasar página y empezar de nuevo.

«Pensé que tal vez Dios podía hacer que esa pesadilla que estaba pasando sirviera para ayudar o hacer un bien a los demás»

Esa semana hablé muchas veces con mi marido por teléfono desde el barco. Algunos días la conversación fue seca y estuvo bañada por las lágrimas, pero en ningún momento salió de mis labios o de los labios de mi marido la posibilidad de abortar al niño y seguir adelante como si nada.

Cuando le dije a mi marido que estaba embarazada me contestó con voz tranquila y segura: «Tranquila, todo irá bien». Y yo:»¿Qué quieres decir con que todo irá bien? Y él: «Que podemos, que estamos esperando un hijo y que me encantan los niños. Este bebé es un regalo maravilloso que viene de un acto horrible. Y podemos hacerlo». En ese momento sentí que me estremecía de alegría y de ilusión por esa nueva vida que crecía y se abría camino en mi interior. Este nuevo amor superaba cualquier angustia y tribulación y sí, mi marido tenía razón: ¡Podíamos hacerlo!

La última mañana que pasé en el barco le dije al equipo que cuidó de mí: «Si alguna vez os acordáis de mí y os preguntáis como terminó, sabed que tendré a mi bebé». Recuerdo sus reacciones, especialmente las miradas de sus rostros. La doctora que con más abnegación me había animado a que abortase tenía lágrimas en los ojos. Y pensé que tal vez Dios podía hacer que esa pesadilla que estaba pasando sirviera para ayudar o hacer un bien a los demás. Servirse de ella y servirse de mí.

Vivo en Carolina del Norte. El ginecólogo que me había llevado los dos últimos embarazos participaba en unas primarias republicanas para el Senado de los Estados Unidos. Él suele responder a quienes le increpan con la pregunta: «¿Y qué pasa en los casos de violación? Mi hijo podrá dar su propio testimonio, pero, hasta que él pueda hacerlo, será para mí un honor hacerlo por él. Esta es mi historia».

«Cada semana que pasaba era emocionante pues no veía el momento de estrecharlo entre mis brazos. De ánimos yo estaba muy bien»

Durante mi gestación estuve ingresada varias veces, tuve preclampsia, la tensión muy alta y calambres incontrolados. Cuando estaba de 26 semanas me dijeron que tal vez tendrían que provocarme el parto esa noche. Al final, no fue necesario, pero tuve que guardar reposo absoluto en casa el resto del embarazo. Cada semana que pasaba era emocionante pues no veía el momento de estrecharlo entre mis brazos. De ánimos yo estaba muy bien.

El equipo de médicos que nos atendió era buenísimo y nos daban una gran confianza. Nos hacía mucha falta porque, desde el asalto de enero, mi vida había estado un poco «fuera de control», estaba muy confusa y esa confusión no desapareció hasta que el niño nació. Hacía ocho meses y medio que toda mi vida se había venido abajo y no lo conseguí superar hasta el momento del nacimiento. Al final, todo tiene su parte buena porque me obligó a ser humilde, a seguir adelante y a aceptar con rapidez la voluntad de Dios y a decirle: » Esta bien Señor, esto hay».

Cada vez que una madre que concibió en una violación cuenta su historia nos fortalecemos y hacemos más fuertes también a las demás. Y, ¿quién sabe cuántas vidas podemos salvar?

Nuestro hijito que fue concebido en un acto violento es un don de Dios que ha encontrado un lugar en nuestra familia que no sabíamos ni que existía. Nos ha completado del todo.

Me alegro de haber podido conocer a otras madres que también concibieron un hijo en una violación. Somos supervivientes, no víctimas. Mi hijo me ha ayudado a seguir adelante.

La gran presión para que abortase por parte de los médicos me abrió los ojos. ¡Cuántas veces me dijeron lo «fácil» que resultaría y lo «rápido» que sería «continuar con mi vida» cuando todo hubiese pasado! ¡Qué duro era oírlo reiteradamente! Algunas amigas pensaban que era un error dar a luz a ese niño y que sería incapaz de soportarlo emocionalmente. Cada vez que una madre que concibió en una violación cuenta su historia nos fortalecemos y hacemos más fuertes también a las demás. Y, ¿quién sabe cuántas vidas podemos salvar?

Fuente: actuall.com

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