Esto es el mundo al revés, no me digan que no: multinacionales rabiosamente de izquierdas, ‘dictadores fascistas’ censurados por medios y redes de su propio país, socialistas alineándose con las multinacionales y compañías de esas de las que se nos dice que solo se mueven por dinero pateando a sus usuarios y perdiendo millones para imponer un mensaje ideológico. Y, como guinda de este pastel, los países a los que la Comisión Europea amaga con expulsar cada lunes y cada martes, preocupada por su ‘deriva autoritaria’, Hungría y Polonia, son los únicos de la Unión Europea que han reaccionado políticamente contra este intento de imponer un totalitarismo ideológico ‘por lo privado’.

Ambos países, miembros de ese club de revoltosos, pesadilla de globalistas, conocido como el Grupo de Visegrado, han anunciado leyes para castigar a las redes por cada censura que se oponga a la legislación nacional.

Cuando las tecnológicas tomaron la decisión sin precedentes de desterrar a Donald Trump, todavía presidente de Estados Unidos, de las redes sociales -¡incluso de Spotify!-, el mundo despertó de golpe a una serie de realidad que todavía no ha digerido: que quizá la distinción entre la iniciativa privada y el ámbito político no es tan clara como nos gustaría pensar; que las multinacionales omnipresentes en nuestra vida diaria no solo ejercen un poder desproporcionado sino que son rabiosamente de izquierdas (para asombro imperecedero de los izquierdistas clásicos, si queda alguno); y que como ‘amenaza fascista’ o ‘dictador electo’, Donald Trump dejaba bastante que desear.

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Incluso globalistas de pro, como ‘Muti Merkel’, expresaron su crítico desconcierto ante la medida, delatando en su tono que se daba cuenta de que ningún gobernante estaría a salvo a partir de ahora del ‘diktat’ de las tecnológicas. No es que Merkel et al. tengan nada que objetar al mensaje que favorecen estos gigantes, al contrario, o que tuviera la menor afinidad con el irritante Donald; pero, ¿quién sabe lo que nos depara el futuro?

Sobre todo, la Gran Purga no se detuvo en el presidente atrabiliario. Aunque redes como Twitter y Facebook llevan décadas censuran comentarios y cerrando cuentas conservadoras con aterrador abandono, las elecciones del pasado noviembre marcaron el pistoletazo de salida para entrar a saco y dar la patada a los disidentes como si no hubiera mañana.

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Pero los países europeos que sufrieron durante medio siglo el yugo soviético -y, antes, el nazi-, no están por la labor de repetir la experiencia, y no van a dejarse recortar libertades, ni media. Y tiene su gracia que a las naciones que han sufrido los peores totalitarismos y los regímenes más autoritarios venga la Unión Europea y el mundo a tratar de darles lecciones de autoritarismo.

Así que la Ministra de Justicia húngara, Judit Varga, anunció recientemente que comparte la alarma de Merkel ante el exilio del expresidente Trump decretado por todas las grandes redes, pero que en su país no se iban a limitar a expresar su preocupación, sino que iban a actuar, como ya ha hecho Polonia.

“En los últimos días, la censura privada ha alcanzado un nuevo nivel, golpeando de un modo sin precedentes. En el imperialismo digital ya no importa si se es un usuario del montón o el presidente democráticamente elegido de la primera potencia mundial, ya que ha quedado claro que se le puede silenciar apretando un botón”, dijo Varga. La ministra añadió que el mundo no se da cuenta de hasta qué punto somos todos vulnerables al control mundial de los medios progresistas”. Y un pueblo que se enfrentó desarmado a los tanques soviéticos no va a consentir tan fácilmente que les imponga la censura Jack Dorsey o Mark Zuckerberg.

El primero, sin embargo, fue Polonia, igual que fue el primer país del Bloque Soviético en ponerle las peras al cuarto a sus tiranos con Lech Walesa y sus chicos de Solidaridad. “Ni unos algoritmos ni los dueños de gigantes empresariales deberían decidir qué opiniones son adecuadas y cuáles no”, anunció a poco de las declaraciones de Merkel el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki. “No hay ni puede haber un permiso para censurar”.

Para Morawiecki, “la censura de la libre expresión, propia de regímenes totalitarios y autoritarios, vuelve hoy en forma de un nuevo mecanismo comercial para combatir a quienes piensan de forma diferente”. Pero, añadió, “los propietarios de las redes sociales no pueden actuar al margen de la ley”.

Así que ambos países se han puesto manos a la obra, dispuestos a legislar contra la censura en redes. Su finalidad es que se castigue cada caso de censura por parte de las plataformas de redes sociales de comentarios o cuentas que no incumplan la ley nacional húngara o polaca. Además, ambos países aconsejarán a sus socios de la Unión Europea que adopten medidas similares.

Lo paradójico es que las redes sociales fueron el campo de batalla donde Trump se alzó con la victoria en 2016, una vez que se hizo evidente que los medios convencionales habían sido reclutados en un frente rabiosamente antiTrump. Y que el propio Trump anunció que se iba a ocupar de meterle mano a las redes sociales, una de esas promesas que quedaron en agua de borrajas, como la de introducir Antifa en la lista de organizaciones terroristas.

En Estados Unidos hace tiempo que voces autorizadas piden aplicar a los gigantes de Internet las leyes antimonopolio que llevaron en su día al fraccionamiento de la poderosa Standard Oil.

Pero hay otro medio. Las redes sociales pudieron en su día elegir su categorización empresarial, bien como publicación, bien como plataforma de uso libre. En el primer caso, tendría que responsabilizarse de todo lo que se publicara en ellas, algo potencialmente ruinoso. Pero si se registraban como meras plataformas, entonces no podían actuar como una ‘policía del pensamiento’ de sus contenidos, que serían responsabilidad de sus autores. Bastaría con obligarles a elegir: si queréis seguir censurando contenidos, tenéis que registraron como una empresa editorial.

Con Biden ya no hay muchas esperanzas de que se meta mano a las grandes tecnológicas. Pero Polonia y Hungría han abierto una ventana de esperanza a la libertad frente a este ‘totalitarismo por lo privado’.

Fuente: gaceta.es.

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