Por Juan Mariano Pérez Abad

Lo sé de primera mano, porque soy sanitario, y no porque haya salido en ningún medio de comunicación. No lo ha hecho público la consejería y, seguramente, no lo hará, porque aún dicen estar buscando la causa de los (al menos) 4 casos de encefalitis grave ingresados en Hospitales de la Región de Murcia.

La Encefalitis es una enfermedad muy grave, pero, afortunadamente, muy poco frecuente. En los casos que se presenta, suele ser identificable un factor predisponente, pero en este brote, tan solo se encontraban presentes en uno de ellos. Pero todos tienen un denominador común: Pertenecían al primer grupo de los vacunados COVID en la primera fase de residencias geriátricas.

A pesar de que en la Encefalitis está descrita como uno de los efectos adversos propios de esta vacuna, las autoridades no han querido dar por sentado aún la relación directa entre ambas cosas. Por lo tanto, el suceso no va a ser divulgado, para no provocar la “alarma social”.

Resulta paradójica tanta precaución con nuestra labilidad emocional, después de haber estado repitiéndonos machaconamente y a diario, a través de todos los medios de comunicación, cuántos muertos hay y la cantidad de ataúdes que van a necesitar las funerarias para cada ola de cada una de las cepas que nos acechan.

Tampoco he oído en las noticias casos como el que le sucedió a la madre de una amiga de mi cuñada que, estando previamente sana, después de la segunda vacuna empezó con fiebre y una fuerte cefalea y se murió. Si yo conozco uno, probablemente haya muchos más. También se describe esto como efecto adverso de la vacuna, pero nuestras autoridades aún deben estar estudiando la relación de la vacuna con casos como este, para estar seguros antes de alarmarnos.

Y tampoco se oye gran cosa de alternativas terapéuticas diferentes a la vacuna, algunas tan prometedoras como el APLIDÍN, ese antiviral español que ya estaba aprobado para su uso en humanos. Al contrario que la vacuna, este sí que ha de cumplir en su totalidad el largo protocolo de experimentación exigido, simplemente para poder usarlo en esta “nueva indicación” del COVID.

En realidad, no habría por qué alarmarse ni por qué ocultar nada: Todos los medicamentos tienen efectos adversos y, antes o después, aparecen. Están descritos en el prospecto y, cuando te los tomas, asumes un riesgo del que has sido informado. Los vacunados que conozco no pidieron que se lo dejaran leer antes del pinchazo, pero entiendo que, como adultos responsables que son, seguramente lo habían buscado antes en Internet.

En el caso de esta vacuna, es mucho más importante informarse bien de esos riesgos porque, a diferencia de todos los demás medicamentos conocidos, este está exento de indemnizaciones sobre muertes y secuelas por parte de los laboratorios que las producen y los gobiernos que las autorizan.

Lo que sí resulta alarmante es que las Instituciones y los medios de comunicación estén tan volcados en provocar alarmismo hacia el COVID, pero sean tan reservados y prudentes con los efectos adversos de la vacunación.

Sin duda, son este tipo de actitudes ocultistas lo que provoca la proliferación de “Teorías Conspiranoicas” que, en realidad, no representan más que el intento de encontrar una explicación racional a esta situación.

Fuente: vegamediapress.com

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