Por Daniel Lara Farías

Normalmente, cuando conocemos del nombramiento de un ministro o de un responsable de alguna área de gobierno, esperamos que su nombre nos suene conocido como miembro del área que va a dirigir. O como experto en la misma. O como miembro de la comunidad que hace vida en el área que pasará a dirigir.

Así, uno espera que un Ministro de la Sanidad Pública, sea médico. O enfermero. O profesional del área de la salud. O formado en áreas gerenciales vinculadas a la salud. Muchas veces, al solo asomarse el nombre del nuevo titular de un cargo, se siente la reacción positiva. Que nombren al médico de tu padre como Ministro de la Sanidad, o que nombren a tu profesor de Economía como ministro de Finanzas, o que la honorable directora de la escuela en la que estudiaste la primaria sea nombrada a la cabeza de la educación del país, genera una reacción positiva.

Positiva porque el nombramiento reconoce un mérito. Hablamos de una persona que ha trabajado toda la vida en su área, que es respetada y reconocida en esa área y que ahora, en un gobierno, es llamada a ponerse a la cabeza de la dirección del ente que generará políticas para ese sector. Nada mejor para hablarnos de los programas educativos que un educador. Nada mejor que un diplomático con conocimiento del mundo para dirigir la política exterior de un país.

Y positiva también, porque el país sentirá que estamos en manos de gente que conoce su trabajo, aunque el gobierno no sea totalmente de su agrado. Si no he votado por este gobierno, pero quien dirige las finanzas no lleva al país a la quiebra sino que con sus conocimientos, lo evita, pues que cada quién reconozca los méritos a quien lo merece.

¡Ah, los méritos! Les tengo una historia sobre eso que lamentablemente les sonará familiar.

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La Meritocracia

El primer alzamiento popular organizado contra el chavismo, lo lideraron gerentes de la empresa estatal PDVSA, madres y padres de clase media preocupados por el avance de las reformas en la educación que sus hijos recibirían, dirigentes sindicales de empresas públicas y ciudadanos comunes y corrientes hartos de los insultos que un presidente como Hugo Chávez le dedicaba cada día, en cadena nacional, a todo aquel que no estuviese de acuerdo con sus políticas.

La más reciente, y que tenía encendido el ambiente, era el nombramiento de un presidente de PDVSA, la estatal petrolera del país dependiente del ingreso petrolero. La gallina de los huevos de oro había sido puesta en manos de un anodino ideólogo izquierdista de teorías desfasadas en materia petroleraUn resentido contra PDVSA y contra la industria petrolera en general. Un inquisidor de lujo para Chávez, quien lo mandaría a presidir una empresa estatal llena de gerentes con dilatada trayectoria, que habían logrado convertir a la empresa en una de las principales del mundo, con una fuerza de expansión que estaba aún por probarse.

La fórmula del éxito de PDVSA, durante los controvertidos gobiernos de la democracia civil, era que se la había mantenido casi totalmente al margen de los repartos entre partidos que se hicieron comunes en la administración pública venezolana. La industria petrolera estatal, surgida a raíz de la nacionalización del petróleo de 1976, había sido puesta en manos primero de gerentes provenientes de la administración privada, de las trasnacionales petroleras. Pero también de probados gerentes públicos. Así, a un país sumergido en la Partidocracia que todo lo repartía por cuotas electorales y a cuenta del presupuesto nacional, se oponía la rentable y exitosa Meritocracia que como línea general sostenía la cesta de los huevos de oro que era PDVSA.

El problema se presenta cuando los socialistas reescritores de la historia y partidarios de la refundación –refundición–, memoria histórica y correctores de los “grandes errores del pasado” llegaron al poder.

La campaña de Hugo Chávez para llegar a la presidencia se había cebado contra PDVSA, apoyado por varios personajes de la política nacional con repercusión en prensa. Por supuesto, si un ministro de Energía y Minas no podía torcerle el brazo a un presidente de PDVSA en cuanto a una política comercial de expansión del mercado, tendría usted a diputados, senadores y periodistas al servicio de agendas políticas, hablando de PDVSA como una “caja negra”, como un “coto cerrado”, como una “empresa inauditable”, etc.

Y con esos argumentos llegó el chavismo al poder. Y en 2002, cuando las calles se llenaron de venezolanos exigiéndole a Chávez respetar la Meritocracia en los nombramientos en PDVSA, el aludido respondió, de la manera prevista: en cadena nacional sacó un silbato de árbitro de fútbol y nombrando uno por uno a los gerentes en huelga, sonaba el silbato y gritaba: “¡Tarjeta roja! ¡Expulsado!”.

A los gerentes de la empresa se le sumaron los trabajadores que acataron la huelga. Veintidós mil personas en total fueron despedidas. El estupor nacional fue estruendoso y se lanzó a las calles por días, hasta que Hugo Chávez, otra vez haciendo lo que se esperaba de él, mandó a sus matones a disparar a mansalva a manifestantes que rodeaban el palacio de gobierno. Eso fue demasiado para un Alto Mando militar sometido a presión y así termina Hugo Chávez fuera del poder en la madrugada del 12 de abril de 2002. A las horas volvería, pero eso es otra historia.

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Pero de esa otra historia, les dejo lo importante: la venganza de Chávez fue implacable contra los que enarbolaban la Meritocracia en cualquier escenario. A partir de su regreso, empezó la fórmula de méritos del chavismo: fidelidad e ideología por encima de capacidades.

“El de Chávez”

– ¿Es médico el nuevo Ministro de la Salud?
– No, es militar. Pero es el de Chávez.
– Entendido.

El asunto se repetía a lo largo de toda la administración pública. Para tener un cargo, no hacían falta estudios ni méritos, sino ser el de Chávez. El ungido.

Y que un militar terminara de ministro de la salud, era casi una anécdota. El más patético de los casos conocidos hasta ahora, cortesía del difunto dictador socialista venezolano, lo vimos en 2008 cuando nombró Ministro de la Cultura a un veterinario.

– ¿Qué profesión tiene el nuevo Ministro de la Cultura de Venezuela?
– Es Veterinario.
– Pero ¿A qué se dedica? ¿Qué lo vincula al mundo cultural, a las políticas culturales?
– Le gusta la poesía. Y es el de Chávez.

Podría ser un chiste, no lo es. Héctor Soto llegó al Ministerio de la Cultura por ser amigo del anterior ministro, Farruco Sesto, quien lo tenía de “Viceministro de Identidad y Diversidad Cultural”. El típico puesto para el camarada fiel, al que se le deben favores de campaña o quien sabe qué.

A mi en particular, el nombramiento del personaje en su momento me pareció una burla. Nos reíamos del asunto y dábamos por sentado que semejante personaje no podía durar mucho en el cargo. Nos entretuvimos con chistes al respecto. Sobre todo cuando se descubrió que el señor no solo era Veterinario, sino que además era especialista en “reproducción asistida del ganado bovino” que así decía su especialización curricular.

En pocas palabras, Hugo Chávez puso de Ministro de la Cultura a un especialista en masturbación de bovinos, dijo un fablistán malintencionado, ante las risas generales de su audiencia televisiva. Las mofas fueron infinitas.

Mientras todos reíamos, el hombre plantaba bandera ideológica en sus declaraciones:

“Yo reitero que no sé lo que es cultura (resaltado nuestro), pero sí sé lo que no es cultura o creo saber lo que no es cultura. Creo que la cultura no es únicamente lo que se conoce como bellas artes. Cultura para nosotros es, como lo dice el presidente Hugo Chávez, lo que fuimos, lo que somos y lo que queremos ser. Aquí, en el Ministerio, asumimos también un criterio que nos gusta y es lo que enseña el gran poeta José Martí: Queremos ser cultos para ser libres. Y con todos esos grandes pensamientos es que hemos emprendido el diseño de nuestras políticas culturales.”

Extracto de la entrevista al ministro Hector Soto Castellanos, hecha por E. Moreno Uribe en junio de 2008. Disponible aquí.

Vaya. No sabe qué es cultura el ministro de la Cultura, pero cuando tiene dudas, acude al pensamiento de Chávez o al del cubano Martí. No reparamos a tiempo en eso.

Mientras estábamos entretenidos con las locuras del Ministro veterinario, este arrancó una “reorganización” del ministerio y sus políticas de organismos adscritos. En Venezuela teníamos como normal decenas de museos, bibliotecas,  escuelas de teatro, fundaciones públicas de difusión literaria o formación de actores o de personal para la radio y televisión, editoriales, redes públicas de librerías, salas teatrales, etc. Cada una de esas instituciones tenía su vida propia y, también, su propia imagen, su logotipo. Un día el señor promovió y ejecutó la idea de que había que unificar todos los entes. Y eliminar todos los logos previos, que eran colonialistas, imperialistas, transculturizadores y ajenos a nuestra diversidad cultural.

Y el Ministro veterinario decidió que el nuevo logo de las instituciones culturales serían un perro y una rana, unidos en un petroglifo indígena como “homenaje a las culturas ancestrales originarias”. En tinta roja, por supuesto.

Repito: no es chiste.

Y adiós a los logos de las instituciones culturales, muchos de ellos laureadas piezas de diseño de autor.

Pero más importante: adiós a la requerida independencia partidista requerida en el mundo cultural. A partir de ese momento, se exigían reverencias al perro y la rana del petroglifo para subvenciones, becas y asignación de cargos. Valdría lo ideológico, no la calidad de los proyectos que se presentaban para su financiamiento. Vimos así una sangría de recursos asignados a proyectos mediocres, fallidos y de fácil olvido. Y lo más importante: vimos la clausura de la cultura nacional, primer paso para poner a la Nación en volandas, negándose a si misma y asumiendo sus taras como valores y sus valores fundacionales como estorbos para la revolución.

Por eso, cuando veo el Caso del filósofo Illa en el Ministerio de Sanidad de España, sustituido por una camarada abogada, en plena pandemia que ya se ceba con España y Portugal como con ningún país de Iberoamérica, cuando veo los chistes al respecto y la socarronería como el susodicho se marcha del despacho donde vio arrasar al virus chino para encabezar listas en Cataluña, pues mire, que uno no sabe ya qué hacer. Pero reír no.

Si algo puede recomendar este humilde cronista, es que se revise bien las bombas de relojería que el filósofo le dejó a los médicos y a los ciudadanos en el ministerio por el que recaló siendo lego en la materia. Yo que se los digo: no hay chavista actuando con inocencia. Son reos congénitos, y el humor nos ayuda a soportarlos, pero no nos libra de ellos y sus acciones.

Fuente: gaceta.es

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