Por Daniela Carrasco

A finales de noviembre de 2020, la Defensoría de la Niñez chilena lanzó un video musical titulado “El llamado de la naturaleza”. Esta pieza audiovisual generó un escándalo pues, en una clara apología al proceso insurreccional que Chile vive desde octubre de 2019, la canción invita a “saltarse todos los torniquetes” siendo un evidente mensaje político.

A pesar de la instrumentalización política detrás de este video, el martes pasado el presidente del Comité de Derechos del Niño de la ONU expresó que es una “obra de arte”.  A propósito de este caso, y de los últimos desatados en el mundo cultural en el país, es pertinente abordar la relación entre arte y política. Pues, tradicionalmente el arte ha buscado representar los hechos históricos, sin embargo, hoy es parte de la disputa política.

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No es una novedad cómo los actores de las elites intelectuales y políticas progresistas han buscado subvertir el sentido común. Pero no por ello deja de ser preocupante cómo su agenda ha apuntado, también, a adoctrinar a los menores de edad. La Educación Sexual Integral o el principio de Autonomía Progresiva son ejemplos de esto.

No obstante, es esperable que las instituciones políticas que están enfocadas en la defensa de la niñez hagan todo lo posible para evitar vulneraciones en esta etapa de la vida. Pero ―lamentablemente― han absorbido de igual manera estos discursos. Esto es lo que pasó en Chile con el video financiado por la Defensoría de la Niñez, en el que se observan letras que buscan invalidar los pilares de Occidente, dejar atrás el capitalismo o incluso llaman a dejar atrás los marcos morales. “Ya se derrumbó esa falsa moral, las pancartas lucen la demanda social. Siento que debes empoderarte y volar, saltarse todos los torniquetes, así el proceso constituyente tendrá fuerza, sentido y razón con tu voz” señala una parte de la canción.

Este video abrió nuevamente el debate sobre cómo los niños, en una etapa de plena formación moral, espiritual y educacional, se ven vulnerados por la penetración de ideologías políticas en los espacios que frecuentan. En consecuencia, numerosos personajes del oficialismo chileno condenaron este video pidiendo la destitución de Patricia Muñoz, quien lidera la Defensoría de la Niñez. Empero, Muñoz pidió disculpas y señaló que “saltarse los torniquetes” no era una expresión literal.

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El 23 de febrero, Luis Pederna, presidente del Comité de Derechos del Niño de la ONU testificó ante la Corte Suprema chilena por este caso. Sin embargo, la autoridad apoyó a Patricia Muñoz y señaló que “el contenido de saltarse los torniquetes se realiza a través de una obra de arte, a través de los niños y niñas de Chile, y responde solo a una forma de protesta”.

Son preocupantes los dichos de Pederna, pero este caso ―como las últimas polémicas de distintos actores del mundo cultural chileno― nos permite abordar también otro debate. Por ello, es dable reflexionar sobre el rol que ha tenido el arte en los procesos revolucionarios e insurreccionales en nuestros países.

Históricamente ha existido una relación entre arte y política, pues tradicionalmente la política ha sido fuente de inspiración del arte. Grandes pinturas “representan” revoluciones, coronaciones y guerras. Grandes obras literarias hablan de sucesos históricos. Por lo que el arte ha apuntado a imitar la realidad histórica y política, a través de la “mímesis”.

Pero esta situación comenzó a cambiar en el siglo XX con las vanguardias artísticas pues asentaron la “experimentación”, que tuvo como consecuencia un desplazamiento la concepción de “representación” de las Bellas Artes. Esto implicó un quiebre en cómo entendemos el arte pues en la actualidad, a través de la estética contemporánea, se invita a fusionar la cotidianeidad con el arte y la política.

Esto se observa bastante bien cuando, por ejemplo, el movimiento Situacionista en los 60s propone la “construcción de situaciones”. Es decir, busca irrumpir la vida cotidiana a través de intervenciones callejeras para que ya no seamos meros “espectadores” pues nos invita a involucrarnos ―espontáneamente― en la experiencia estética. De esta manera, quienes adhieren a estas prácticas se hacen parte de las disputas políticas.

Walter Benjamin ya había hablado en la década de los 30s sobre la “estetización” de la política, concepto que justamente deja atrás al de “representación”. Pues, ante la cultura de masas y el avance en la producción y reproducción técnica, los cánones artísticos estarían en función de las ideologías, como ocurrió en los totalitarismos de su época. Por su parte, Jacques Rancière entiende que las prácticas artísticas son maneras de “hacer y de ser” pero también de visibilidad, a través del reparto de lo sensible.

El arte ya ha dejado atrás la noción de “representación” (de lo bello o de lo histórico, por ejemplo), porque apunta a disputar la realidad a través de la experiencia estética. Es hacer la revolución cuando, sin notarlo, nos involucramos a través de las emociones y subjetividades.

Pero no solo una letra de una canción puede generar que seamos parte de esta experiencia, porque lo performático también es “hacer política”. Los feminismos nos permiten ilustrar esta situación. El colectivo LasTesis, por ejemplo, es uno de los casos más evidentes ya que desde sus intervenciones disputan el sentido común. Dicho de otro modo, buscan subvertir las identidades individuales y colectivas para que, en consecuencia, se revolucione el sistema político. El mural y la galería de “arte” de Mon Laferte también es otro caso, pues la performance de la cantante es parte del activismo político.

No obstante, también se aprecia en el contexto de revuelta chilena cómo las calles se han saturado de rayados y graffitis con mensajes de odio ideológico hacia la policía ―como el famoso «ACAB» (acrónimo de All Cops Are Bastards, es decir, todos los policías son bastardos) o su variante «1312» ―, hacia la Iglesia, contra el hombre heterosexual, el capitalismo y el “neoliberalismo”. Por ello, se ha visto una transformación estética de las calles, alterando la cotidianeidad de las personas.

Si bien en este breve artículo no es posible abarcar todas las posiciones en el debate sobre la relación entre arte y política, sí es posible advertir que todos los espacios ―cotidianos― han sido politizados e instrumentalizados. Esto es posible verlo cuando queremos tener una tarde tranquila viendo alguna película o serie en plataformas digitales. Cuando vamos camino al trabajo y vemos cómo nuestras ciudades se han copado de rayados y graffitis. O incluso, en las producciones audiovisuales o literarias enfocadas al público infantil. En definitiva, las izquierdas se tomaron muy enserio que “lo personal es político” porque han territorializado todos los espacios de la vida cotidiana con sus mensajes de odio ideológico.

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