Por Guillermo Rodríguez

¿Puede llegar la cultura de la cancelación tan lejos como sus fanáticos exigen? ¿Podría llegar más lejos de lo que reclaman sus extremistas? ¿Cómo se llega a la persecución de amplias capas de la población? ¿Cuáles son los primeros pasos del camino al infierno? ¿Cómo llega, incluso al genocidio, lo que empieza en la persecución masiva? Porque los hutus de Ruanda no despertaron un 7 de abril de 1994 y se lanzaron sorpresivamente a exterminar tutsis por impulso. Ni el poder soviético, ni el nacionalsocialismo alemán —criminales en fines y medios— iniciaron repentinamente por impulso el extermino de kulak, el Holodomor y el holocausto de judíos, gitanos y otras mal llamadas “razas inferiores.

Se asocia el tipo de persecución que llega al genocidio porque todo totalitarismo requiere de algún tipo de genocidio para establecerse. Como mínimo genocidio cultural. Y exilio, más o menos forzoso, de infinidad de perseguidos. Y cualquier variante del socialismo, democrático o no, de avanzar hacia sus declarados fines llegaría —incluso contra la intención de quienes iniciaron ese camino— al totalitarismo. Pero no todos los genocidios fueron crímenes totalitarios. Bajo democracias demagógicas o autoritarismos ocurrieron al manipularse la xenofobia, el racismo y la envidia. Ruanda fue un ejemplo. Porque fue racismo, no conflicto “étnico” o “tribal” sino racismo —tan artificial y absurdo como cualquier otro racismo— la causa del odio entre dos grupos de africanos de piel negra, hutus y tutsis.

Tres cosas hacen posible un genocidio. Y tras confluir juntas inevitablemente harán mucho daño, llegando o sin llegar, al genocidio. Sin ellas, la persecución a gran escala sería sencillamente inimaginable. Se trata de:

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  1. Un núcleo minoritario —pero no insignificante en número— organizado como red de fanáticos convencidos de la verdad y superioridad moral de una causa basada en los peores atavismos ancestrales de la naturaleza humana. Con control de espacios institucionales adecuados para financiarse de ellos y extender desde ahí su doctrina maligna.
  2. Que no menos de la mitad —de la mitad— de la población adopte, poco a poco —mientras tontos útiles y cómplices intelectuales de los fanáticos logran correr la ventana de Overton hacia su causa— sus falsedades como respuesta providencial a miedos y resentimientos envidiosos.
  3. Y sobre todo. Un enemigo a la medida del discurso específico sea racial, de clase, nacional, religioso, ideológico o cultural. Falsedad en la que creerán como materialización de lo odiado y temido por los dos grandes atavismos ancestrales del hombre: el otro, extraño, diferente y temible de la xenofobia y el que tiene, o parece tener lo que deseamos y no somos capaces de obtener, de la envidia; como la encarnación de todo mal. Lo que permitirá a los futuros genocidas —nada menos que criminales en potencia— creerse dotados de superioridad moral, bondad y justicia.

Cuando observe, amigo conservador, esos tres factores juntos —y solo los verá en una nación en conflicto consigo misma— sepa que está ante el peligro real de que ocurra lo peor. No con certeza. No siempre lo que hace posible el infierno en la tierra llega a sus últimas consecuencias. Pero el peligro es real. Y no será lo culta, avanzada o democrática que fue una nación lo que lo impida. Persecuciones y genocidios hemos visto en naciones cultas y ricas. Y en naciones pobres y atrasadas.

Es aterradora la ingenuidad de las víctimas que lo creen imposible. No puede ocurrir aquí, recuerdan siempre que creyeron los sobrevivientes, arrepentidos de haberlo creído. Se llegue al genocidio, o se limite a discriminación y persecución a gran escala, lo que inevitablemente rozará el genocidio cultural e incluirá la violación de los derechos de amplios grupos de población, lo único que se requiere para tomar el camino al infierno es iniciar la deshumanización del enemigo señalado, e insistir hasta que su mera presencia sea repugnante y temible, no solo para los adoctrinados fanáticos, sino para las masas. Porque una vez deshumanizado, todo lo que se haga en su contra será justificado. Y la irracional obediencia a la autoridad que distingue a la torpe bestia que somos hará el resto.

Está a la vista la alianza del nuevo poder político socialista —incluyendo desde la ultraizquierda que marca agenda ideológica al partido azul, a sus históricos traficantes de intereses clientelares, buscando sobrevivir a la pérdida de sus clientelas (hoy mayormente conservadoras) mediante la cancelación— con grandes corporaciones del entrenamiento, prensa, tecnología y finanzas, que adhieren la ideología totalitaria buscando protección contra la competencia y privilegiada influencia en el poder político. Y exhiben con orgullo como torcieron el resultado de una elección mediante la manipulación de todo el proceso, antes, durante y después de la elección, en todos los terrenos. Del cambio ad hoc de leyes y reglamentos, al agitpro y censura en prensa y redes sociales. De la complicidad de miles de funcionarios electorales, al uso de la agitación incendiaria y criminal en las calles. Y la presión sobre la justicia. Además, nos dejaron muy claro ellos mismos que esto apenas empieza.

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Con eso en mente. Y conociendo teoría y prácticas de la cultura política de la cancelación. La pregunta no es si USA inició ya los primeros pasos de su propio camino al infierno. Porque cada pueblo y nación podrían recorrer únicamente el suyo, similares todos en lo universalmente humano, pero diferentes unos de otros en lo que de diferentes tienen pueblos y naciones. Ni si los que lo iniciaron llegarían mañana mucho más lejos de lo que hoy se proponen. Está a la vista. Y la dinámica de esos procesos apunta siempre a lo peor. La pregunta es si estamos a tiempo de detenerlo, de obligarlos a retroceder y finalmente derrotarlos. Y sí, es posible todavía. Pero solo si todas y cada una de futuras víctimas, con dianas virtuales en la espalda —lo sepan o no— despiertan y ven que lo peor sí es posible cuando no se lo detiene a tiempo.

Fuente: elamerican.com

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