Por Milagros Boyer

Hay que reconocer lo hábil que ha sido la izquierda para infiltrarse y convivir a sus anchas en la sociedad estadounidense. Con desparpajo se apropia cada vez de mayores espacios a los ojos impasibles del mundo. Se cobija en un discurso populista con argumentos impregnados de resentimiento y en hechos que toman como bandera para exacerbar pugnas que ahora se multiplican. Eso, de verdad, preocupa… y preocupa principalmente porque a medida que pasa el tiempo la inyección ideológica es más profunda. Se acerca más a la médula.

Este escenario que hoy vive la nación norteamericana ya había sido esbozado con anterioridad. Los más escépticos lo veían imposible, improbable, irrisorio. Sin embargo, otros tuvieron las perspicacia suficiente para detectarlo cuando se percibieron las señales en su momento.

Por ejemplo,  el articulista Scott Mckay en julio de 2020 habló sobre las cuatro etapas para introducir el marxismo en la sociedad. Dichos escenarios se basaron en las advertencias que ofreciera —con anterioridad en una entrevista—, Yuri Bezmenov, un ex agente secreto soviético que desertó para vivir luego en Canadá.

Hoy la descripción que hizo Bezmenov hace varias décadas cobra vida y se divide en cuatro etapas que —a juicio me muchos analistas— se cumplieron a cabalidad en Estados Unidos, desmenuzadas de la siguiente manera:

1. Desmoralización: el caso Clark en Nevada

De acuerdo con lo que relató Mckay, al citar al ruso, existe un primer objetivo que debe cumplirse a cabalidad en el agenda de la propaganda revolucionaria. Se trata de hacer que la población se sienta deprimida, perdida. En otras palabras: desmoralizada. Este método de desgaste puede llevar al individuo a sentirse «satisfecho con menos», en palabras algo pop, como las del villano caricaturesco apodado «Ming, el despiadado».

¿Cómo inicia? Bezmenov dijo, en 1984, que esto sucedería «cuando los estudiantes radicales de los años sesenta y setenta comenzaran a controlar las instituciones educativas». En otras palabras, que la apodada «izquierda setentera» iniciara su prédica en las aulas. El experto hablaba de que el proyecto para indagar en la sociedad iniciaba con «desechar la moral judeocristiana tradicional, la educación clásica y el patriotismo estadounidense», relata en el American Spectator.

Quizá parezca trillada esta afirmación o un poco rocambolesca, pero sí se conocieron casos cuestionables dentro del sistema educativo estadounidense con pistas en dirección a esta teoría. Un ejemplo cercano fue en Nevada. En diciembre un alumno demandó a su escuela por «adoctrinamiento» izquierdista. Dicha institución es financiada con fondos públicos, en dicho estado.

El joven se llama William Clark, cursaba 12° grado de secundaria. La razón de su solicitud ante un tribunal federal se centró en alegar que la institución creó un ambiente hostil para los estudiantes, al instruirlos sobre asociar aspectos de su identidad con la opresión a otros grupos sociales.

En el documento, el adolescente —quien asiste a la Democracy Preparatory Academy en Las Vegas— indicó que se sintió discriminado y acosado por varios aspectos de un curso titulado «Sociología del cambio», materia de carácter obligatorio para graduarse.

Según el texto presentado ante un tribunal de distrito en Nevada, la Democracy Preparatory Academy obligó a William Clark a «hacer profesiones sobre su identidad racial, sexual, de género y religiosa en ejercicios de clase verbales y en asignaciones de tareas escritas y calificadas». Esto, se explica en la demanda, creó un ambiente hostil para el estudiante.

La denuncia tiene al menos 150 páginas de evidencias con muestras de lo que se enseñó en la clase. En la demanda se toma de ejemplo una de las diapositivas exhibidas en el curso de «Sociología del cambio».

Allí se muestran los rasgos que son encasillados en diferentes «grupos dominantes» de la cultura estadounidense, según la profesora que dicta el curso. Entre ellos, figuran características como ser «blancos», «hombres», «clase media/alta», «heterosexuales» y «protestantes/cristianos». Por otro lado, «todos los demás» que no pertenezcan a este grupo están clasificados como «sumisos».

Existe una particularidad cuando se habla de las características definidas en el curso, por las cuales el estudiante se sintió particularmente irrespetado cuando se le pidió identificarse con un grupo racial: la madre de Clark es afroamericana y su padre, ya fallecido, era blanco. A su vez, la incomodidad era cada vez mayor cuando en su clase todos los alumnos eran señalados como «guerreros de la justicia social», se explicaba en Fox News.

En concreto, en el documento se habla de que a Clark se le indicó “en clase que ‘desaprendiera’ los principios judeocristianos básicos que (su madre) le había impartido, y luego (la escuela) tomó represalias contra (él)”.

Clark se sintió discriminado por varios aspectos del curso, entre ellos, una supuesta afirmación de que al no identificarse con un grupo oprimido, los estudiantes estaban dando una señal de privilegio y una indicación de ser un opresor, de acuerdo con la demanda.

Para Bezmenov, ese fue el primer paso en el colapso social diseñado. Estudiantes recibiendo enseñanzas en escuelas controladas por discípulos del pensamiento de izquierda, un hecho que desencadenaría también cierto adoctrinamiento en un conjunto de creencias que no apuntan al americanismo. Eso, en su opinión, era la punta del iceberg.

2.- Desestabilización: COVID-19

Este punto es neurálgico en toda esta ecuación y se centra hoy en la cuestión del COVID-19. Y es que para Bezmenov el inicio de la desestabilización se da con el declive en la estructura de un país. Es decir, se va hundiendo su economía, su ejército, sus relaciones internacionales. Trasladando ese pensar hasta estos tiempos, el tema de la pandemia encajó para contribuir en cada uno de estos aspectos en cierto modo.

Sin embargo, más allá del coronavirus, el verdadero problema estuvo siempre en los confinamientos. Estos cierres de comercios, locales y pequeñas empresas le costó un alto precio a la economía estadounidense. Muchos comerciantes minoristas no pudieron aguantar esta caída en la economía que se daba en mayor instancia en varios estados al mando de los demócratas.

Hoy por hoy, a pesar de una caída en la tasa de mortalidad, la histeria por el COVID-19 sigue en aumento. Los medios progresistas suelen reseñar los números para remarcar siempre lo estruendoso de la cifra, que invita a pensar en el caos que se pudiera avecinar en un corto plazo si no hay medidas como estas que lo atajen.

No obstante, lo particular del caso es que la OMS, ente que ha tenido mayor cantidad de desatinos sobre el tema del COVID-19, pero es sobre quien se fundamenta en cierto modo el proceder de la Administración Biden, se pronunció en octubre en una entrevista a The Spectator citada por Infobae y uno de sus voceros aclaró que desde la organización “no abogamos por las cuarentenas como el principal medio de control de este virus”.

«Las cuarentenas solo tienen una consecuencia que nunca deben menospreciar, y es hacer que la gente pobre sea muchísimo más pobre», dijo en aquel momento David Nabarro, encargado de la Organización Mundial de la Salud para el coronavirus en Europa.

Un reconocimiento infame, tardío. Un pronunciamiento que costó el empleo de millones de personas y críticas a quienes hablaron sobre los índices de poca letalidad que representa la enfermedad, así como la posibilidad de convivir con ella mientras llegaba la cura, en lugar del cerrar al país. Unas palabras que pudieron claramente evitar la desestabilización… pero no lo hicieron.

3.- Crisis: BLM sus «marxistas entrenadas»

Acá está la etapa que fue el catalizador de las dos anteriores. Y es que la palabra está asociada a Estados Unidos de manera casi íntegra. El 2020 fue un año electoral marcado por el caos, con el primer juicio político a Donald Trump —en aquel entonces, el tercero de la historia de Estados Unidos—, algo que para Mckay, lució como «una crisis constitucional que fue total y completamente fabricada directamente de la nada».

La pandemia del COVID-19 y la pugna que surgió para saber cómo abordarlo fue lo siguiente en la agenda, que posteriormente tuvo un nuevo foco para capitalizar seguidores desmoralizados: los disturbios que se produjeron tras la muerte de George Floyd.

«La velocidad del colapso cultural que siguió a la muerte de Floyd, cuando el sistema legal se movió muy rápidamente contra los oficiales de policía responsables, hace que sea innegable que esto fue planeado y solo necesitaba un catalizador», recuerda Mckay con base en lo que dijo Bezmenov.

Y es que no fue algo pequeño el caos que se desencadenó tras la muerte de George Floyd. Este accionar fue meticuloso, minucioso, comedido y estudiado. Lo más importante de ello: fue llevado a cabo por «marxistas entrenadas», pertenecientes al movimiento progresista Black Lives Matter.

El año pasado, el portal Breitbart reseñó un video resurgido de 2015 de sus directoras. En el clip audiovisual, la cofundadora de Black Lives Matter, Patrisse Cullors, reveló una serie de detalles acerca de su formación, así como la de sus compañeros de BLM, al ser entrevistada por Jared Ball de Real News Network.

“Lo primero, creo, es que en realidad tenemos un marco ideológico. Alicia y yo en particular somos organizadoras capacitadas (…) Somos marxistas formadas. Estamos muy versadas, en cierto modo, en teorías ideológicas. Y creo que lo que realmente intentamos hacer es construir un movimiento que pudiera ser utilizado por muchos, muchos negros «, cita el portal estadounidense.

4.- Normalización: ¿es esta la nueva normalidad?

Finalmente, hoy la sociedad estadounidense luego de unas tumultuosas elecciones tiene un nuevo presidente. Un demócrata. Joe Biden, cuyas políticas suaves «unen» a las facciones más y menos moderadas del partido, ganó la contienda electoral.  Unas elecciones muy cuestionadas por el expresidente Donald Trump en varias ocasiones y que para el mundo se interpretaron en ciertos aspectos como un quiebre en las instituciones.

Joe Biden es un hombre que tras de sí y en su partido, tiene voces y pensares de izquierda en su más pura expresión, como por ejemplo Kamala HarrisAlexandria Ocasio-Cortez, Bernie Sanders, Neera Tanden, solo por nombrar algunos de los más estridentes.

Y esto deja un nuevo escenario.

A su vez, hoy, con estas nuevas políticas de gobierno, se convive ahora en esta suerte de «nueva normalidad» en la que hasta los momentos las escuelas permanecen cerradas y quienes enseñan están enfocados -como vimos anteriormente- en purgar la historia y la cultura estadounidense.

Ahora, los cheques de manutención son más. Se esperan con ansias y reemplazan a todas las iniciativas de empleos que fueron mutiladas a causa del confinamiento. Ahora, solo bonos mientras pasa el desastre que trajo consigo el COVID-19. Esa es la nueva normalidad.

Mientras tanto, mientras todo pasa, hoy el presidente es Biden. Un hombre cuya salud y lucidez ha sido cuestionada en varias ocasiones y que cada vez las incógnitas sobre su futuro en la Casa Blanca y al frente de su partido se multiplican.  Y es que lo peligroso nunca ha sido este político con cara de bonachón y buen abuelo. No. Lo peligroso está en las voces que tiene alrededor y la fiereza con la que defienden ese pensamiento que la historia ha mostrado como algo cancerígeno para cada la sociedad.

Fuente: panampost.com

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