Traducido de newspunch.com por TierraPura.org

El Papa Francisco tomó medidas drásticas contra los católicos conservadores el viernes, imponiendo nuevas y duras restricciones a la misa tradicional en latín.

En su carta apostólica titulada Traditionis Custodes (“Guardianes de la Tradición”), el Papa prohibió la celebración de la misa tradicional en latín -conocida como misa “tridentina”- en las parroquias católicas y levantó las disposiciones existentes para los sacerdotes que desearan celebrarla.

Breitbart informó que los obispos locales pueden designar uno o más lugares donde los fieles adheridos a los grupos tradicionales puedan reunirse para la celebración eucarística, declara, pero “no obstante en las iglesias parroquiales”.

Al mismo tiempo que prevén las necesidades espirituales de los grupos “que celebran según el Misal anterior a la reforma de 1970”, escribe el Papa, los obispos deben establecer una serie de nuevas restricciones y abstenerse de autorizar “la creación de nuevos grupos”.

La presente carta revierte las medidas de relajación de las restricciones al uso de la forma tradicional adoptadas por el Papa Benedicto XVI, quien en 2007 señaló que muchos fieles seguían apegados con “amor y afecto a las formas litúrgicas anteriores que habían modelado profundamente su cultura y su espíritu”.

En reconocimiento de esta diversidad, el Papa Juan Pablo II buscó una mayor inclusión al conceder la facultad de utilizar la forma más antigua y “exhortó a los obispos a hacer un uso amplio y generoso de esta facultad en favor de todos los fieles que la solicitaran”, escribió Benedicto.

Benedicto continuó estableciendo que el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI “es la expresión ordinaria de la lex orandi (regla de oración) de la Iglesia Católica de rito latino”, mientras que el Misal Romano promulgado por San Pío V “debe considerarse, sin embargo, como una expresión extraordinaria de la misma lex orandi de la Iglesia y debidamente honrada por su venerable y antiguo uso”.

Por su parte, el Papa Francisco afirmó ahora que el Misal Romano de 1970 no es la “expresión ordinaria” sino “la expresión única de la lex orandi del Rito Romano” (énfasis añadido). La nueva y exclusiva sentencia parece eliminar la forma más antigua de la Misa como expresión legítima de la lex orandi de la Iglesia, a pesar de su venerable tradición.

El Papa Benedicto había concedido amplias facultades a los sacerdotes católicos que deseaban decir misas en privado utilizando el Misal Romano publicado en 1962, declarando que para hacerlo “el sacerdote no necesita ningún permiso de la Sede Apostólica o de su propio Ordinario”.

Según las nuevas restricciones de Francisco, los sacerdotes que deseen celebrar utilizando el Misal Romano de 1962 “deberán presentar una solicitud formal al Obispo diocesano, quien consultará a la Sede Apostólica antes de conceder esta autorización”.

“Quedan abrogadas las normas, instrucciones, permisos y costumbres anteriores que no se ajusten a las disposiciones del presente Motu Proprio”, decreta Francisco.

El propio sitio web del Vaticano afirma que “según las normas actuales, la lengua latina sigue teniendo la primacía del lugar como aquella lengua que, por principio, la Iglesia prefiere, aunque reconoce que la lengua vernácula puede ser útil para los fieles”.

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El Vaticano continúa señalando que “el latín debe ser salvaguardado como una preciosa herencia de la tradición litúrgica occidental”.

El Código de Derecho Canónico, que regula la actividad de la Iglesia y la liturgia, estipula de forma similar: “La celebración eucarística debe realizarse en lengua latina o en otra lengua, siempre que los textos litúrgicos hayan sido legítimamente aprobados”.

San Juan Pablo II instó a seguir utilizando el latín en la Iglesia para mantener los lazos con su propia historia y tradiciones.

“La Iglesia romana tiene obligaciones especiales hacia el latín, la espléndida lengua de la antigua Roma”, escribió, y añadió que “debe manifestarlas siempre que se presente la ocasión”.

El Papa Francisco justifica la inversión del enfoque más inclusivo de sus predecesores insistiendo en que su amabilidad pastoral “fue aprovechada para ampliar las brechas, reforzar las divergencias y fomentar los desacuerdos que hieren a la Iglesia, bloquean su camino y la exponen al peligro de la división”.

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