Fuente: Actuall

Desde la mañana del domingo 11 de julio, el pueblo cubano tomó masivamente las calles de la Isla. Por sorpresa. Nadie se lo esperaba. Ni siquiera los miles de manifestantes pacíficos que protagonizaron esa jornada histórica. Fue el Día 1 de nuestra emancipación.

Se trató de una protesta espontánea, no coordinada ni sufragada por nadie, dentro o fuera de Cuba. En pocas horas, medio centenar de municipios se habían sumado a esta iniciativa cívica rizomática, sin jerarquías, incluidas las ciudades más densamente habitadas como Santiago de Cuba, Holguín, Camagüey, Santa Clara, y la capital, La Habana.

La mayoría de los manifestantes eran de las nuevas generaciones. Fueron estos sectores progresistas los que dijeron NO al régimen dictatorial más antiguo de las Américas. Curiosamente, estos trabajadores y estudiantes son los más cansados tras 62 años de comunismo al estilo de Fidel y Raúl Castro, a pesar de ser ellos quienes menos tiempo han tenido que sufrirlo. Son la generación de los años cero, los nacidos alrededor del año 2000, acaso los millennials Made in Marx.

Estos cubanos del futuro gritaron en las calles “libertad”, “no tenemos miedo”, “cambio”, “no más comunismo”, y pidieron la renuncia del presidente Miguel Díaz-Canel, el llamado “el puesto-a-dedo”. Díaz-Canel se supone sea un sucesor no militar al militarismo castrista. Pero es sólo la máscara civil del ejército y la inteligencia cubanos. Él mismo se hace llamar “continuidad” de los Castros. Al igual que Nicolás Maduro con el espectro de Hugo Chávez en la Venezuela totalitaria, Díaz-Canel ha dicho que él gobierna siguiendo los dictados de Fidel Castro, aunque el comandante en jefe esté muerto hace ya un quinquenio.

Para colmo, Díaz-Canel fue designado para su máximo cargo varios años antes de ser electo en unas elecciones sin ningún candidato opositor. En efecto, así lo confesó el general Raúl Castro el 19 de abril de 2018, ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, nuestro órgano legislativo integrado sólo por comunistas, pues el resto de los partidos políticos están prohibidos en Cuba, según la actual constitución. Raúl Castro, supuestamente hoy ya retirado, reconoció en aquel entonces que, desde el año 2013, “un grupo de compañeros del Buró Político teníamos la absoluta certeza de que habíamos dado en el clavo” con la designación a dedo de Díaz-Canel, porque él sería “la solución que hoy se está materializando”.

Así lo señala Raúl Castro:

“Su ascenso a la máxima responsabilidad estatal y gubernamental de la nación no ha sido fruto del azar ni de apresuramientos.” Al contrario, “se aseguró, con intencionalidad y previsión, el tránsito por diferentes responsabilidades partidistas y gubernamentales, de manera que [Díaz-Canel] adquiriera un nivel de preparación integral que, unido a sus cualidades personales, le permitirán asumir con éxito la jefatura de nuestro Estado y Gobierno, y más adelante la máxima responsabilidad en el Partido”.

Es decir, un putsch. La opinión y voluntad del pueblo cubano nunca importan para nuestros gobernantes. Díaz-Canel fue, es, y será el elegido autocráticamente del establishment cubano.

Ninguno de los miles de protestantes fue pagado por ningún gobierno, ONG internacional, ni entidad privada alguna. Sólo una minoría de ellos, de hecho, eran miembros de la oposición más o menos organizada, a pesar del estatus ilegal en Cuba de todo disenso al oficialismo. Estas jornadas no fueron la obra de ningún líder cívico, sino la eclosión de una ciudadanía que por fin ha dejado de estar infantilizada para ganar su mayoría de edad. Quien salió a las calles fue Fuenteovejuna: una nación aburrida de ese fantasma que aún recorre nuestra utopía tupida, el fantasma fósil de Fidel y la “continuidad” criminal de un castrismo sin Castros.

Por lo tanto, estas jornadas populares rebasaron tanto al régimen como a sus críticos. En Cuba ha ocurrido, ni más ni menos, una revolución en cámara rápida y, por desgracia, con una fecha de expiración instantánea. Porque fueron reprimidas al estilo de las peores dictaduras de extrema derecha en Latinoamérica. Pinochet sonrió en su tumba, triunfante ante la posteridad. Somoza aplaudió hasta el delirio, casi inocente. Y Trujillo acaso incluso resucitó, para dirigir en Cuba los comandos antimotines de última tecnología y las tropas de élite llamadas las Avispas Negras.

Lea también: Cuba y la retorcida lógica de la represión totalitaria

Golpizas

Con los puños, con palos, o con manoplas de acero. Personas arrastradas sobre el asfalto, sangrando como en los reportajes del extranjero con que la prensa comunista nos bombardeó durante más de medio siglo. Gente apilada como bestias sobre camiones de policía. Disparos a mansalva contra la población indefensa, para dispersarlos de puro pánico. Un ejército uniformado y otro ejército camuflado con ropas de civil, para disimular la represión estatal ordenada al máximo nivel. El objetivo fue sembrar el horror en los cuerpos, antes de que en las mentes calara la esperanza de una sociedad cubana más abierta para todos los cubanos, no exclusivamente para los militantes comunistas.

Si alguno de los cientos de detenidos por la Seguridad del Estado, aparece ahora auto-incriminándose en los medios de prensa, es porque está siendo chantajeado por sus verdugos. O, simplemente, porque trabaja de manera encubierta precisamente para la Seguridad del Estado, un órgano entrenado por la KGB rusa, el cual durante décadas ha infiltrado a todas las instituciones de la Isla, desde las disidentes hasta las religiosas.

Díaz-Canel dijo en la televisión nacional que la crisis era una “guerra en las calles” e invitó al pueblo a “luchar usando cualquier medio” en contra del pueblo. Ofensas, golpizas, vejaciones, delaciones. Vecinos contra vecinos. Militares de alto rango, como el coronel Víctor Álvarez Valles, director de investigaciones del Ministerio del Interior, autorizó a que cualquier “revolucionario” arrestase a cualquier “contrarrevolucionario” en la calle o en su casa, para entregarlo a las autoridades y condenarlo de manera sumaria. Ya han tenido lugar muchos de esos juicios ejemplarizantes, sin las mínimas garantías judiciales.

En la práctica, este horror, que por primera vez está filmado en video, quedará para la historia como el pogromo de un Estado contrarrevolucionario que quiere aniquilar al relevo revolucionario de nuestro país. Cuba no es comunista. Ni los mismos comunistas cubanos son ya comunistas cubanos. Marx es poco menos que un marciano en la Isla, al cual no lo leen ni los propios marxistas. Y, cuando lo leen, no lo entienden porque está desactualizado. Por lo demás, Cuba es el único país del hemisferio occidental que aspira a parecerse, orgullosamente, a nuestra idea de lo que son o debieran ser los Estados Unidos.

En el siglo XXI, nos urge en Cuba una renovación radical y pacífica de nuestro obsoleto sistema socialista. Pero el Partido Comunista intenta irresponsablemente que su salida del poder sea tal y como ocupó ese poder, en la prehistoria del siglo XX: a sangre y fuego, la violencia como la medida de todas las Cubas.

Nadie, en esta Primavera de Cuba, coreó una consigna a favor o en contra del embargo económico de Washington contra el régimen de La Habana. Poner el tema del embargo sobre el tapete ahora, es hacer invisible el clamor de libertad del pueblo cubano, además de ser una burla a las víctimas de la represión. Por más que le duela a los cubanólogos extranjeros, el imperialismo yanqui no es la causa efficiens de todo cuanto ocurre en la mayor de las Antillas. Para esos intelectuales, inocentes o ideologizados, es como si Cuba tuviera que sobrevivir a perpetuidad como un paraíso parásito de los Estados Unidos. Es una visión vil y vejatoria para nuestra dignidad humana. Es, por supuesto, discriminatoria, al suponer que los cubanos queremos fast-food y Coca-Cola antes que derechos. Los cubanos no somos menos que cualquier nación democrática del Primer Mundo: nuestro objetivo, desde la Colonia, siempre ha sido habitar una vida en la verdad.

Valga recordar que desde el 2001, ese “embargo” que los comunistas acusan de “bloqueo genocida”, ha permitido que Cuba importe desde Estados Unidos más de 6 mil millones de dólares en productos agrícolas, alimentos y medicinas, según el U.S.-Cuba Trade and Economic Council de Nueva York. La única condición es que La Habana pague por adelantado y no con crédito financiero. Entre otras razones, porque Cuba se caracteriza por nunca pagar sus deudas. Ni siquiera a la antigua Unión Soviética le pagaban.

Para colmo, en pleno pico de la pandemia de Covid-19, el gobierno cubano se niega perversamente a vacunar a nuestra población. En más de una ocasión, Cuba ha rechazado las vacunas internacionales que se le han ofrecido gratis, como donaciones de ONGs o incluso de gobiernos, incluida la administración de Joe Biden. En consecuencia, las cifras de contagios son espantosas. Y se multiplican los testimonios tétricos desde los hospitales de un sistema de salud pública en ruinas. Al respecto, otra vez son los ciudadanos quienes se filman a sí mismos y comparten su voz en las redes sociales, sin necesidad de ningún corresponsal de la prensa extranjera o antigubernamental. Si en 1961, con la Campaña de Alfabetización, la Revolución supuestamente nos enseñó a leer y escribir, ahora, en 2021, los cubanos por fin descubrimos que el decálogo de la palabra d-e-m-o-c-r-a-c-i-a no es demoníaco, sino delicioso. Y la represión de una r-e-v-o-l-u-c-i-ó-n retrógrada no nos va a hacer olvidar la magnetizante música de la libertad.

Este periodismo ciudadano masivo, que deja en ridículo cualquier esfuerzo individual anterior, es posible gracias a que, a partir del 2019, en Cuba los ciudadanos pueden contratar un servicio de internet con el monopolio estatal de las telecomunicaciones. Antes de esa fecha, los cubanos sufríamos un apartheid informático. En las protestas, junto a la canción de “Patria y Vida”, que le replica al slogan oficial de “Patria o Muerte”, se oye a los manifestantes felices de que sus transmisiones en directo alcancen un número récord de viewsshares, y likes. En este sentido, el 11 de julio ocurrió en Cuba una selfie-insubordinación. Nuestra ciudadanía virtual, en la Isla y en la Diáspora, este “11 de júbilo” curó sus heridas antiguas y se hizo una sola nación. Por eso el régimen enseguida cortó el servicio nacional de internet, al menos durante tres días.

Durante ese apagón digital, peor que los constantes cortes de electricidad en la Cuba contemporánea, los militares hirieron, encarcelaron, mataron. Sólo ahora comenzamos a ver lo que algunos alcanzaron a filmar de manera clandestina. Una vez más, el mundo libre está a punto de descubrir el impagable precio de la utopía totalitaria. El comunismo no sobrevive a la alegría de la comunión. Por eso son sociedades condenadas a la atrocidad.

Si amas a Cuba y a los cubanos, por favor, no nos abandones en esta hora definitiva. El imperialismo y el embargo, y todas esas reliquias de la Guerra Fría, no tienen nada que decir o decidir ahora, cuando recién está renaciendo en nuestra Isla una ilusión irreversible: ser contemporáneos, inaugurar un siglo XXI de libertades con un tercio de siglo de retraso.

Orlando Luis Pardo Lazo, Escritor y fotógrafo cubano. PhD en Literatura Comparada en Washington University de Saint Louis

Envía tu comentario

Subscribe
Notify of
guest
1 Comentario
Más antiguos
Recientes
Inline Feedbacks
Ver todos los comentarios

Últimas