Fuente: Estrategias de Inversión

La rivalidad geoestratégica entre las dos mayores economías del planeta empeorará todavía más bajo la presidencia de Joe Biden. El escenario de tensión no registrará niveles sismológicos de la retórica casi belicista de Donald Trump. Empleará una dialéctica más diplomática. Casi de perfil soft power. Pero los mercados descuentan que la máquina del tiempo, el barómetro de tensión entre ambas superpotencias no va a retrasar las manijas del reloj hasta 2015. El último ejercicio de relativa calma. Aún bajo los designios de Barack Obama en la Casa Blanca. Así lo creen en UBS desde donde reclaman a sus inversores que estén ojo avizor a la hora de perfilar sus carteras de capital, porque los viejos tiempos de conciliación no volverán. “La conflictividad entre ambas superpontencias no desaparecerá con la Administración demócrata actual”, explican dos de sus analistas globales, Solita Marcelli, de su oficina para América, y Min Lin Tan, de su delegación en Asia-Pacífico. Ambos, Chief Investment Officer (CIO’s). Quienes dicen lamentar la decepción que pueda ocasionar entre los clientes más optimistas sobre el restablecimiento de los lazos entre Washington y Pekín. Los inversores -insisten Marcelli y Lin Tan- “deben saber que ha empezado una nueva Guerra Fría, que sólo acaba de empezar” y que ni Washington ni Pekín tienen interés ni intención en “apretar el botón de resetear”. Todo lo contrario. “Están en un proceso de ganar ventajas y oportunidades para establecer sus propias trincheras de defensa contra los riesgos” de esta escalada de tensión. 

Para Marcelli y Lin Tan, sus respectivas diplomacias económicas “buscan la exposición” de su cada vez más acentuada rivalidad de empresas y negocios ante diferentes “ciclos, inversiones o tendencias sectoriales” y, por tanto, para “concretar los mejores porfolios” venideros para sus propios intereses y el de sus sectores privados. Pese a que habrá una retórica favorable a una mutua colaboración en la resolución de los inconvenientes económicos globales, la competencia y tensión bilateral “irá en aumento”. Especialmente, en ocho terrenos de batalla geoestratégica.

1.- Tecnología. La rivalidad entre ambas superpotencias podría crear dos hemisferios digitales. Podría ser conveniente para impulsar los stocks de chips y componentes o, incluso, hacerlos más volátiles que en la actualidad, en pleno restablecimiento de las cadenas de valor internacionales. Aunque, del mismo modo, diseñará nuevas estrategias de inversión para redirigir a uno u otro bloque los flujos de capital las líneas de desarrollo tecnológico de compañías e industrias. “Una bipolaridad tecnológica en plena carrera entre EEUU y China por el predominio de la era digital, que se propagará por áreas de actividad como el software o los centros de datos”, escriben los analistas de UBS. En la nota a inversores también llaman la atención sobre el repunte de rivalidad en las redes de comunicaciones, el despliegue del 5G, la Inteligencia Artificial o los proveedores de materiales y servicios tecnológicos. Escenario que -avisan- “engendrará inversiones y retorno de beneficios diferentes a los actuales a medio y largo plazo”.      

2.- Ciberseguridad. La creciente hostilidad económica coincide con cruces de acusaciones y de alegaciones entre ambos gobiernos por ciberataques y en plena batalla por imponer tecnología americana o china en las redes del espectro 5G. También entre sus sectores de servicios de alta digitalización. Pese a ello, Marcelli y Tan confían en la capacidad de resiliencia de esta industria para “proveerse de carteras de inversión estables”.  Aunque con denominaciones made in US or China, “los inversores deberían diversificar sus capitales y valorar opciones europeas, japonesas o surcoreanas” y que, con las inversiones empresariales minusvaloradas en ciberseguridad, “las inversiones y los gastos de capital seguirán creciendo saludablemente a ritmos de dobles dígitos anuales”. 

3.- Comercio. Pese a la tregua sobre las guerras arancelarias, las discrepancias en este terreno permanecen sin resolver. EEUU está frustrado por la política tecnológica y monetaria de China, su apoyo a las compañías estatales, el manejo arbitrario del valor del yuan y el gigante asiático, por las restricciones a sus exportaciones y el incremento tarifario. Si este asunto se deteriora en el futuro, “serán malas noticias para industriales, fabricantes de materiales y para el sector de la tecnología”. Y “traería la revalorización de divisas consideradas como valor refugio como el franco suizo o el yen japonés o de activos como el oro”, escriben en su análisis. “La alta calidad de los bonos, que ofrecieron su protección en el pasado, podrían ahora dejar de ser efectivos si los tipos de interés permanecen todavía próximos a cero”. 

4.- Cadenas de valor. A juicio de sus expertos, UBS no cree que EEUU esté “cerca de eliminar a su rival como suministrador de manufacturas y otros bienes y servicios en los próximos años”. Sino más bien al contrario. Podría impulsar los cauces comerciales ahora que se ha inaugurado el ciclo de negocios post-Covid. Las compañías norteamericanas no cortarán el grifo de China si siguen considerando que sus bajos precios continuarán beneficiando sus cuentas de resultados, explican. Pero muchas de ellas diversificarán sus fuentes de origen, muchas de las cuales se ciñen casi en exclusiva a la producción procedente de China. “Asumimos que algunas firmas de EEUU no levantarán de nuevo sus cadenas de valor si van a tener efectos perjudiciales a largo plazo en sus beneficios por su alta dependencia de las fábricas de la potencia asiática”. Cualquier etapa de decoupling abrupto entre los índices productivos de uno y otro mercado podría generar más costes y disrupciones en las cadenas de valor; americanas y chinas, aclaran ambos CIO’s de UBS.  

5.- Capitales. Según algunos informes oficiales, China está preparando restricciones a sus firmas con acceso a datos y que operen en los mercados de capitales estadounidenses. Un escenario incierto y que genera tensión añadida, por lo que la recomendación de UBS a sus inversores es que mantengan una cierta exposición, en ambos frentes, en sus carteras de capitales, con una necesaria equidistancia. Eso sí. A sabiendas de que la preocupación va en aumento. En especial, por la posible caída de plataformas digitales en China, que podrían evitar inversiones en algunas industrias punteras y con alta rentabilidad bursátil. Motivo por el que aconsejan diversificar sus inversiones en los índices de valores de Japón. Aunque el mayor peso inversor sigua recayendo, de momento, en el gigante asiático. “El continente tiene elevadas rentabilidades en bonos que están denominados en dólares”. En no pocos segmentos con valores baratos en renta fija, dicen.  

6.- Gestión monetaria. Las señales de una más agresiva disputa entre activos financieros de uno y otro país, mientras China pueda -o no- devaluar potencialmente su moneda drásticamente, o expandir o contraer su deuda en holdings estadounidenses, es un horizonte que, para Marcelli y Tan, no tiene visos de que pueda aparecer. “Los lazos económicos y financieros entre ambos mercados son más que considerables en tamaño y valor como para prever que pueden generar una embestida en los mercados tras la Gran Pandemia”. El dólar -aclaran- tampoco va a perder su hegemonía mundial como moneda de reserva, aunque el yuan se mostrará más poderoso. Lo que hará atractivo -explican- invertir en activos chinos. 

7.- Geopolítica. Es, sin duda, el mayor hándicap inversor en Wall Street. Porque puede acelerar o acompasar los tempos de las inversiones. Amenazas más o menos realistas que pueden venir de tensiones sobre los derechos humanos en China o sus reivindicaciones territoriales en el Mar del Sur de su territorio o, en menor medida, de una invasión o acción intervencionista en Taiwán. Para lo que “conviene acudir a monedas refugio como el franco suizo o el yen, así como al oro”, aclaran para inversores más perspicaces y menos optimistas. 

8.- Clima. Tampoco aparece la armonía entre EEUU y China en el combate global común contra el cambio climático. Aunque sus compromisos para reducir las emisiones de CO2 van hacia una misma dirección. Al igual que el desarrollo de las nuevas tecnologías encaminadas a cumplir con los objetivos de neutralidad energética. Las fricciones surgen en sus industrias de renovables y de suministro de energía. Así, EEUU ha prohibido la importación de polisilicona producida en la provincia de Xinjiang, que abastece casi la mitad del suministro global, mientras China propone restricciones a las exportaciones de minerales raros hacia el mercado americano, con los que cubre el 80% de la demanda global de estos materiales indispensables para la fabricación, por ejemplo, de baterías eléctricas y chips. Las compañías estadounidenses pueden liderar aspectos esenciales de eficiencia energética, pero las chinas lo hacen en la industria solar y el baterías de coches eléctricos.

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