Fuente: Trikooba

Por Hoenir Sarthou:

Una serie de señales parecen indicar que el período agudo, no de la pandemia sino de las políticas pandémicas, se aproxima a su fin o, al menos, a un impasse significativo.

En los EEUU la situación es estacionaria y a la vez tensa. La mitad de los estadounidenses se vacunaron, la otra mitad no, y no hay motivos para pensar que eso vaya a cambiar. Muchos Estados republicanos han resuelto no aplicar las medidas pandémicas, encierros, distancia social, prohibición de aglomeraciones, mascarillas y presión vacunatoria, y no les va peor que a los Estados que las aplicaron y aplican a rajatabla.

En Europa, tres países, Dinamarca, Noruega y Suecia, han dado por terminada la pandemia sin esperar la decisión de la OMS. En otros países europeos, el verano ha traído un retorno natural a la vieja normalidad, o a algo muy parecido a ella.

La vacunación, considerada como programa global, ha sido un fracaso. Está muy lejos del alcance universal que se pretendía. Dos terceras partes de la población del mundo (67%) no han sido vacunadas. Países y continentes superpoblados, como India y Africa, registran índices de vacunación inferiores al 10%, pese a lo cual no registran situaciones sanitarias más dramáticas que las de Israel o Uruguay, en que se supone que el 70% de la población fue vacunada.

En la OMS se maneja ya como un hecho algo que todos los gobernantes saben: que las poblaciones están cansadas de encierros, prohibiciones y restricciones sociales y laborales. O sea, que el acatamiento a las medidas está en una etapa crítica y que, si se siguen apretando “las perillas”, todo puede caer por su propio peso.

Paralelamente, en el mundo ha ido creciendo la ola de descreimiento y de protestas contra las políticas pandémicas, contra la obligatoriedad de las vacunas y contra las mentiras en que se han sustentado unas y otra. Aunque los medios formales de comunicación lo oculten, cada vez son más las voces científicas que desautorizan y critican lo hecho y también las manifestaciones de muchos miles de personas que exigen ponerle fin.

La noticia puede resultar desconcertante, porque todos los datos previos, tanto de la OMS como de los voceros del sistema financiero y de la industria farmacéutica, es el caso de Klauss Schwab y de Bill Gates, nos presentaban a la pandemia como un estado casi definitivo de la humanidad, una “nueva normalidad” de la que no era esperable salir. ¿Qué pasó, entonces?

Seamos claros. No es que los problemas hayan terminado y que podamos volver, alegre o tristemente, a la vida que teníamos en el verano de 2020. Nada de eso. La vacunación, pese a los efectos adversos que genera, sigue su curso, y muchas de las medidas autoritarias impuestas pugnarán por permanecer. Los intereses económicos y geopolíticos que inspiraron y aprovecharon la pandemia siguen tan activos e intocados como siempre, de modo que los objetivos que estaban detrás de la pandemia siguen en pie y seguramente intentarán cumplirse por esa u otra vía.

Lo que parece haber ocurrido es que el “climax” pandémico, que se intentó hacer permanente, tocó sus límites. Fundado en mentiras ya descubiertas -como el murciélago de Wuhan, la confiabilidad de los test PCR, la independencia de la OMS, los pronósticos tremendistas, la necesidad de respiradores, la salubridad de los aislamientos, la infinidad de nuevas cepas y la eficacia y seguridad de las vacunas- su capacidad de seguir galvanizando de miedo a la población del mundo está en entredicho. ¿Cómo crear una nueva ola universal de terror cuando todos los argumentos y recursos están gastados, resultan sospechables y suenan a hueco?

Si, ya sé. Muchos lectores uruguayos se soprenderán de lo que acabo de decir. Me dirán que ellos confían en “La Ciencia”, que creen a pies juntillas en la OMS, en los PCR, en las cepas Delta, Mu, Epsilon y en la de Transilvania, que las vacunas “controlaron la pandemia” y que están dispuestos a darse los próximos 125 pinchazos que recomienden Pfizer y el MSP.

Pero, estimados lectores uruguayos, hablamos de un fenómeno mundial. Y, en buena parte del mundo, la mano viene muy distinta. En los centros geográficos de la cultura occidental, EEUU y Europa, las políticas pandémicas se vienen a pique. Y en el mundo periférico, pensemos por ejemplo en los países africanos y en la India, e incluso en países pobres sur y centroamericanos, la vacunación y sus liturgias son rumores lejanos. Reitero: dos terceras partes de la humanidad no se han vacunado después de casi un año de campaña vacunatoria. Y no les pasa nada distinto a lo que siempre les ha pasado. Mueren más de hambre que de Covid. Esa es la realidad. Digan lo que digan nuestros tecnócratas vacunadores, nuestros políticos y los sesudos periodistas de los canales 4, 10 y 12.

¿Qué podemos esperar en el futuro inmediato?

Si yo lo supiera, no estaría escribiendo en Voces (je je). Pero hay cosas que resultan previsibles. El balance que parece hacer el Foro Económico Mundial respecto a la experiencia pandémica es que “falló la gobernanza mundial”. Eso significa que las fundaciones financieras, la industria farmacéutica, la OMS, los sistemas políticos serviles, los científicos y académicos a sueldo, los medios de prensa controlados y las redes sociales censuradas no fueron suficientes para imponer eficazmente el miedo silencioso, el pleno sometimiento y los dos pinchazos de rigor a los 8.000 millones de habitantes del mundo.

No es la primera vez que ocurre. Ya se intentó antes con la gripe porcina y con la gripe aviar. Dos fracasos que tuvieron los mismos protagonistas y los mismos métodos que la pandemia de Covid (aunque un poco más primitivos). Supongo que la conclusión es que hay que esmerarse más. Como consuelo, esta vez los ideólogos pandémicos lograron disciplinar a casi todos los gobiernos, vacunar a casi a tres mil millones de personas y hacer que algunos de sus socios multiplicaran su control sobre recursos naturales y económicos de enorme valor.

Hay muchos otros proyectos destinados a crear miedo, caos y sometimiento. Nuevas pandemias, desastres climáticos, cortes de energía, apagones cibernéticos y desabastecimiento están en la agenda del Foro Económico Mundial. De hecho, nos los vienen anunciando desde hace tiempo. Pero hay algo que parece esencial para los cerebros globales: la creación de una gobernanza mundial.

En este mundo complejo, puede ser difícil adivinar quién está detrás de cada hecho y cuál es su propósito. Pero hay una pista que no falla: todo lo que apunta a transferir capacidad de decisión a entidades transnacionales, públicas o privadas, aporta al fortalecimiento de la gobernanza mundial. Y todo lo que apunte a debilitar la autonomía política de las sociedades, va en esa dirección.

Lo que divide, enfrenta, desmoraliza y desculturaliza suele ir en esa dirección. Por eso, el miedo y el odio, en cualquiera de sus formas, hoy más que nunca, son armas políticas.

Es posible que la pandemia, como fenómeno político, no haya alcanzado todos sus propósitos. Pero sembró mucho miedo y odio. Dos yuyos tenaces que deberíamos estudiar y arrancar, si queremos evitar que de sus raíces broten nuevos proyectos.

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