Fuente: Gaceta.es

Todavía estaba fresca la tinta del informe sudafricano que informaba del hallazgo de una nueva variante y el mundo se volvió loco. O, para ser más precisos, los países occidentales se volvieron locos, con esta nueva forma de locura que consiste en aplicar ruinosas e indignantes restricciones como reacción a algo que todavía no se sabe lo que es y que, incluso, en opinión de algunos expertos, podría ser una bendición que acelerara el fin de la pandemia.

Ya conocemos el resultado inmediato: prohibición de vuelos, mensajes alarmantes, anuncio de nuevas restricciones y, como guinda, la presidente no electa de la Comisión Europea, Ursula von del Leyen abriendo el (peligrosísimo) debate de la vacunación obligatoria. Del «Nie Wieder» (Nunca Más) al “probemos otra vez” en unas pocas generaciones.

De nada ha valido que la doctora sudafricana advirtiera que la variante presenta un cuadro clínico extremadamente leve, que no solo no ha habido muertos sino que ni siquiera ha habido que hospitalizar a los afectados, cuyos síntomas recuerdan poderosamente a los de un buen ‘trancazo’ invernal. Ha dado absolutamente igual: la Ómicron (nos saltamos Xi, no se nos vaya a ofender el Emperador Amarillo ni vayamos a recordar que aún ignoramos el origen del virus de Wuhan) se está utilizando para nuevas vueltas de tuerca para avanzar en un totalitarismo al que muchos se están acostumbrado.

Y, sin embargo, la Ómicron podría ser una excelente noticia, según explicaba esta semana el prestigioso epidemiólogo alemán, profesor Karl Lauterbach.

¿Qué sabemos de Ómicron, además del hecho de que provoca síntomas muy leves? Que presenta un número inusualmente alto de mutaciones, es decir, de variación con respecto al virus original contra el que se está vacunando la gente, el doble que la variante Delta que tanto miedo en el cuerpo ha metido en nuestro mundo. Y eso significa que la enfermedad se transmite con mucha mayor facilidad, pero con consecuencias poco importantes.

Es decir, es mucho más fácil que la cojas, pero el resultado probablemente sea un mero resfriado. Y una vez que lo has pasado, tu cuerpo ya queda inmunizado, probablemente de por vida. Es, en definitiva, una vacunación integral, más duradera y eficaz que las vacunas ahora en el mercado, pero sin el riesgo de efectos adversos. Y, si es tan infecciosa como sugieren los primeros informes, es también probable que se extienda rápidamente por toda la población, contribuyendo a alcanzar en poco tiempo la ansiada inmunidad de grupo.

Eso significaría el fin de la pandemia, no del virus o siquiera de la enfermedad, que se sumaría al grupo de males respiratorios que afectan, sin graves consecuencias en la mayoría de los casos, a parte de la población cuando hace frío, es decir, lo que hemos tenido siempre y nunca ha provocado confinamientos, obligación de ir a todas partes con mascarillas, cierres de comercios ni pérdida de riqueza y libertades.

Ómicron sería, en fin, una buena noticia, pero solo en el caso de que esta fuera realmente una crisis sanitaria, de lo que cada día hay más y más dudas. 

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