Julie, una madre de familia de un pueblecito cerca de Portland, en Oregon, se disponía a preparar la fiesta del quinto cumpleaños de su hija Katie, una fiesta inspirada en Halloween con todo lo que ello conlleva: calabazas, huesos y calaveras de juguete.

La sorpresa vino cuando, al abrir una de las cajas que contenía una muy lograda lápida de poliestireno (con un acabado jaspeado en negro para falsear el aspecto de la piedra envejecida), se encontró con una manoseada nota en chino e inglés.

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Decía: «Si encuentra esta carta, por favor hagásela llegar a alguna asociación de defensa de los derechos humanos. Miles de personas torturadas como yo se lo agradeceremos». Estaba firmada en Masanjia. Julie googleó el nombre y se encontró con uno de los más tristemente célebres campos de trabajo forzado de China.

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La noticia fue portada de The Oregonian y de ahí saltó a CNN y Fox News. El desesperado eco de la misiva que había recorrido 6.000 millas como un mensaje en una botella lanzada al mar llegó incluso a China, donde el autor de la carta, Sun Yi, que había sido liberado de Masanjia dos años antes, empezó a temer por su seguridad. La carta era anónima, pero sintió que la pesadilla de los registros, las detenciones y el hostigamiento a sus familiares se cernía sobre él de nuevo.

Y sin embargo, Sun Yi decició aprovechar que Occidente se había dignado a mirar hacia el campo de concentración donde había sido torturado y explotado durante años (trabajando de cuatro de la mañana a 11 de la noche pintando lápidas sin descanso para mil y una fiestas de Halloween) para protagonizar un documental. 

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El cineasta chino-canadiense Leon Lee tardó tres años en encontrarle a través de su red secreta de contactos en el país y rodar no fue fácil: Lee le enseñó cómo se usa una cámara a través de sesiones de Skype encriptadas porque el cineasta de Vancouver tiene la entrada prohibida en el país asiático desde el estreno de Human Harvest, su anterior documental, sobre el tráfico ilegal de órganos en China extraídos de disidentes.

«Me enteré por la prensa de la aparición de la carta», explica Leon Lee. «Ya conocía el campo porque había entrevistado a supervivientes. Enseguida supe que había una historia detrás de la persona que se las había apañado para encontrar papel y lápiz y escribir una carta de ese tipo en Masanjia». «La mayoría de los espectadores del documental dicen lo mismo después de verlo: la verdad es más extraña que la ficción», afirma. «La película va sobre una llamada de socorro, pero hay miles de personas en China que siguen sufriendo represión por sus creencias religiosas», añade.

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Letter from Masanjia retrata con duro detallismo los métodos de represión chinos en cientos de campos de trabajo a donde van a parar, casi siempre, disidentes políticos y activistas contra el gobierno. Unos centros que recuerdan a lo peor del mahoísmo (torturas durante meses, electroshocks) y que recrudecieron su actividad en 2008, coincidiendo con las Olimpiadas que acogió Beijing, pero que escándalo tras escándalo (el de Masanjia no fue el único centro que salió a la luz) acabaron cerrando de forma oficial en 2010, lo que supuso la liberación de unos 160.000 presos.

El motivo por el que Sun Yi es perseguido es por pertenecer al grupo religioso Falun Gong, que a finales de los 90 alcanzó gran popularidad y empezó a preocupar al gobierno de Jiang Zemin cuando su cifra de creyentes, unos 100 millones, sobrepasó a la del Partido Comunista.

El documental, que inaugura el festival Docs el 19 de mayo y podrá verse en Filmin, es una ventana a la vida cotidiana de un defensor de los derechos humanos en China en un momento en el que la transparencia del gigante asiático vuelve a estar de cuestionada a raíz de la crisis del coronavirus. J

ulie, la ama de casa de Oregon, y Sun Yi no tenían nada en común, excepto la voluntad de «exponer las atrocidades que ocurren en China», recuerda Leon Lee. Ambos, por cierto, llegaron a conocerse y, de algún modo, «han cambiado el curso de la historia».

Fuente: El Mundo.

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