Por Jenin Younes

El pasado año ha dado lugar a algunos métodos extraños y novedosos de contención de enfermedades, incluidos los confinamientos y la obligación de llevar mascarillas. No es de extrañar que el siguiente paso natural en esta progresión haya sido la aparición de un movimiento conocido como «ZeroCovid». Su creciente influencia es, quizás, predecible dado que durante casi un año nos han inundado las opiniones de los llamados expertos que buscan legitimar su visión miope del mundo de que la salud pública está determinada únicamente por la prevención del Covid-19. 

En lugar de reconocer a un público cansado que su enfoque ha sido un fracaso, están redoblando sus esfuerzos e intentando salvar su reputación al afirmar que el problema no es que los confinamientos no funcionan, sino que no han ido lo suficientemente lejos. 

Aparentemente, existe cierta diversidad de opiniones entre los defensores de ZeroCovid sobre si ese término debe interpretarse literalmente, como sostienen algunos de sus defensores más apasionados y gritones, o si simplemente significa una versión más extrema de la ideología que ha dominado las sociedades de todo el mundo durante el año pasado: la creencia de que la supresión del coronavirus es un objetivo singularmente importante, que reemplaza a todos los demás y que debe perseguirse teniendo una consideración mínima o nula de los efectos que tendría llevarlo a cabo. 

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Los promotores de ZeroCovid parecen estar de acuerdo en que se necesitan controles fronterizos más estrictos, así como confinamientos y obligaciones de llevar puesta la mascarilla mucho más estrictos que los que existen en la mayoría de los países en la actualidad. Sam Bowman, uno de los ZeroCoviders más destacados, afirma por ejemplo que la única forma de abordar el problema del coronavirus es con «confinamientos, cierres de escuelas, prohibición de viajar, tests masivos, rastreo de contactos y máscarillas». Del mismo modo, el think tank del ex primer ministro británico Tony Blair ha afirmado que la única forma de evitar otro confinamiento es reducir a cero los casos de coronavirus. Los defensores de ZeroCovid describen a China, Australia y Nueva Zelanda como éxitos que demuestran que el sufrimiento hoy día trae consigo la promesa de una posible libertad. 

Si bien se comercializan a sí mismos como teóricamente opuestos a los confinamientos, los seguidores de ZeroCovid en realidad aspiran a poner en marcha un estado de tipo totalitario, que se supone quereos de creer que existirá solo temporalmente. Por ejemplo, Devi Sridhar, uno de las caras más públicas del movimiento en el Reino Unido, ha afirmado que la única forma de salir del confinamiento sin fin es llevar a cabo ahora un «confinamiento crudo, severo y catastrófico», como primera fase. Dado que la tercera fase del plan de Sridhar implica un «modelo de eliminación del tipo de Asia oriental y el Pacífico» que prohíbe viajar al extranjero, sólo puedo imaginar con precisión qué tipo de pesadilla totalitaria Sridhar imagina durante la fase uno. 

Aquellos que siguen esta filosofía no reconocen la verdad obvia de que las tácticas de represión no han tenido éxito porque son contrarias a la naturaleza humana (así como a la biología celular básica) y conllevan graves privaciones de los derechos humanos y libertades. Tampoco reconocen el hecho de que si el Partido Comunista Chino (PCCh) logró eliminar el coronavirus (una suposición cuestionable dada la tenue relación del PCCh con la verdad), lo hizo utilizando tácticas que prima facie (a primera vista, AyR) constituyen violaciones de los derechos humanos

Incluso Australia y Nueva Zelanda, que antes de 2020 eran considerados faros de la democracia liberal, han sido recientemente objeto de investigaciones o encuestas por parte de Human Rights Watch y Amnistía Internacional. Los defensores de ZeroCovid no abordan la realidad de que China, Australia y Nueva Zelanda han tenido que llevar a cabocontinuamentepolíticas de confinamiento en respuesta a los nuevos casos que surgen incluso después de declarar la victoria sobre el virus, y que las dos últimas son naciones insulares capaces de efectuar controles fronterizos de una manera que no se puede aplicar en naciones que están geográficamente próximas a otras y en las que el virus ya se ha vuelto endémico.

La “Cumbre de Acción Comunitaria de Covid” (Covid Community Action Summit), una conferencia celebrada a fines de enero, dirigida por los principales actores de ZeroCovid a la que asistieron muchos de ellos, no hace falta decir que se llevó a cabo a través de Zoom, ofrece un vistazo a la cosmovisión distorsionada que impregna su ideología. 

El arquitecto de ZeroCovid y primer orador en la Cumbre fue Yaneer Bar-Yam, un científico estadounidense que se especializa en sistemas complejos y análisis cuantitativo de pandemias y fundador del Instituto de Sistemas Complejos de Nueva Inglaterra (New England Complex Systems Institute, NECSI). Los participantes tenían diversos trasfondos: además de médicos y científicos, asistieron consultores políticos y especialistas en comunicación. Muchos presentadores tenían intereses económicos relacionados con productos farmacéuticos y de diagnósticos, y los de EEUU tendían a estar en la órbita de la política y las campañas del Partido Demócrata.

Una de las presentaciones más inquietantes fue la de Blake Elias, investigador del NECSI que trabaja directamente bajo la dirección de Bar-Yam. Dada la posición de Elías, es justo asumir que sus puntos de vista, tal como se expresaron en la Cumbre, reflejaron los de su organizador.

Elias, al igual que muchos otros defensores de «ZeroCovid», cree que la visión «vidas versus economía» del problema es incorrecto (en particular, muchos oponentes de los confinamientos también consideran que esta es la visión equivocada a través de la cual ver el problema, pero por diferentes razones; a saber, que la economía y la vida de las personas están inextricablemente entrelazadas y las políticas de bloqueo no tienen en cuenta consideraciones cruciales como la salud mental y las libertades civiles).

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Valorando cada vida -algo arbitrario y sin tener en cuenta la expectativa de vida- en 10 millones de dólares, Elias introdujo un montón de números en una máquina y ¡voilá! extrajo la prueba irrefutable de que imponer un confinamiento duro y rápido es menos costoso que no hacerlo. Elias declaró con seriedad que su ecuación hermética demuestra que si estás en contra de la eliminación (ZeroCovid), la única razón concebible podría ser que discutas una de sus premisas, por lo que crees en una de las siguientes: que el costo de las infecciones es menor de lo que es; que el costo de los confinamientos es mayor; que la capacidad hospitalaria es mayor; que la tasa de importación es más alta; o que la vacunación completa se puede lograr en un período de tiempo más corto. 

En ningún momento mencionó argumentos relacionados con la psicología, los derechos humanos o las libertades civiles. Si Elias tenía la más mínima comprensión de estos conceptos, hizo un trabajo excepcional al ocultarlos.

Michelle Lukezic y Eric Nixon, al igual que Elias, llevaron a cabo una presentación similar a lo que me imagino sería si viésemos a extraterrestres hablar sobre la psicología y el comportamiento de los seres humanos. Supuestamente una pareja, Lukezic y Nixon fundaron una empresa llamada MakeGoodTogether, y creen que el problema del coronavirus se reduce a una falta de disciplina y responsabilidad individual. Reconocieron que el distanciamiento social extremo que promocionaron como la respuesta a los problemas del mundo es contrario a nuestra naturaleza, pero insistieron en que simplemente debemos esforzarnos más. 

Podríamos erradicar el coronavirus, nos explicaron de manera solemne, si insistiéramos en rechazar las invitaciones sociales, y sugirieron que la gente publique promesas en las redes sociales a tal efecto. Al parecer, pasaron poco tiempo considerando la difícil situación de los trabajadores esenciales cuyo empleo no les permite el lujo de distanciarse, aparte de la descripción cómica del malestar psíquico que experimentaron cuando la máscara del rostro de un trabajador en su casa se cayó. Lukezic estaba muy orgulloso de Nixon por negarse a estrechar la mano del hombre cuando se fue. Tuve que volver a verificar el enlace un par de veces para asegurarme de que no me había topado sin darme cuenta con un episodio de Saturday Night Live.

Otro colaborador notable de la Cumbre ZeroCovid fue Michael Baker, el arquitecto de la estrategia de coronavirus de Nueva Zelanda. Baker insistió en que «hacer caso a la ciencia» conduce indiscutiblemente a la estrategia ZeroCovid, como si la ciencia por sí sola definiera la política a seguir. Hizo varias admisiones sorprendentes, entre las que se encuentran que la contención también debe ser la estrategia para la gripe, y que la pandemia de coronavirus nos ha dado la oportunidad de reiniciar y así abordar las desigualdades en la sociedad y las amenazas que plantea el cambio climático. En otras palabras, Baker no prevé un regreso a la vida normal.

Como lo demostraron sus presentadores en la Cumbre, ZeroCovid es el desafortunado resultado final de la inexplicable creencia de demasiadas personas de que tiene sentido concentrarse en un problema y excluir todos los demás. Nadie en la Cumbre, o en cualquier otro contexto relacionado con el tema, ha presentado alguna vez una argumentación convincente para poner la pandemia de coronavirus por encima de todas las demás consideraciones. Hay una razón para esto: los hechos y la lógica apuntan en la dirección opuesta. 

Ciertamente, se podría argumentar que un virus u otra amenaza calculada para acabar con la humanidad o una parte significativa de ella, que afecte a todas las edades, justifica un enfoque exclusivo en esa amenaza mientras dure. Como yo y otros hemos escrito antes, el coronavirus simplemente no constituye tal peligro. Ahora disponemos de los datos de un año a partir de los cuales podemos concluir más allá de toda duda que la exposición al virus solo presenta un riesgo significativo, más allá de los que estamos acostumbrados a tomar en la vida cotidiana, para los muy mayores. La inmensa mayoría de los infectados con el virus no sufren en absoluto, o sufren mínimamente, y se recuperan al cabo de días o semanas. Esto no significa que el problema deba ser ignorado, sino que debe abordarse utilizando la misma metodología con la que abordamos todos los asuntos de salud pública: teniendo en cuenta los efectos de las políticas que se dicten para aplicar una respuesta. 

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Los seguidores de ZeroCovid no son cualitativamente diferentes de los epidemiólogos y políticos que han defendido e impuesto confinamientos y la obligatoriedad de llevar la mascarilla en todo el mundo. Todos creen que pueden obligar a miles de millones de personas a comportarse, durante un período de tiempo indefinido, de maneras que son contrarias a nuestra naturaleza y perjudiciales para nuestro bienestar. No ven nada de malo en asumir el control de todas las facetas de nuestras vidas. 

Están enfocados de manera maniática en teorías y modelos, y no están interesados ​​en lo que funciona en la práctica. No tienen ningún concepto de la libertad o la dignidad humanas. En lugar de reconocer que los confinamientos, la separación humana forzada y las máscarillas son ineficaces para impedir la propagación del coronavirus, al tiempo que conllevan enormes costos, entre ellos eliminar la democracia liberal, los más fervientes partidarios de esta ideología creen que la respuesta es imponer más restricciones y más duras. Eso significa la privación de nuestros derechos y libertades, y la negación de nuestras necesidades humanas básicas, hasta que el coronavirus sea erradicado del mundo. Si se salen con la suya, bien podría ser hasta el fin de los tiempos.

Fuente: noticiasayr.blogspot.com

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